Jeffrey Lionel Dahmer nació el 21 de mayo de 1960 en Milwaukee, en el estado estadounidense de Wisconsin.
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Tras reiteradas mudanzas, en 1967 la familia compró una casa en Bath, Ohio, donde Jeffrey pasó el resto de su infancia y adolescencia.
Años después, Jeffrey Dahmer contaría cómo, cuando iba de pesca con su padre, le gustaba abrir en canal a los peces y ver cómo morían.
A los diez años empezó a torturar a todo tipo de animales que cazaba en el bosque cercano a su casa. Una vez muertos, coleccionaba sus huesos. Tenía en formol varios tipos de insectos.
El niño Dahmer durante Halloween
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Dahmer comenzó a ser cada vez más introvertido, aunque realizaba algunas actividades en la secundaria, como trabajar en el periódico y jugar al tenis.
Era considerado por sus compañeros como alguien “raro”, extravagante y que tenía problemas con el alcohol y la marihuana.
Cuando tenía diecisiete años, sus padres se divorciaron. Su padre volvió a casarse meses después.
En junio de 1978, cuando tenía veinte años, encontró a Steven Hicks haciendo autoestop, y lo llevó a su casa. Dahmer era homosexual y tenía la fantasía de recoger a un autoestopista y acostarse con él.
Una vez en su casa, se dio cuenta de que Hicks no era homosexual y cuando éste quiso irse, Dahmer no pudo soportarlo y lo golpeó en la cabeza para luego estrangularlo con una pesa.
Luego lo desmembró y lo puso en bolsas de plástico, y las metió en su coche con intención de tirarlas por un barranco.
Dahmer en una obra de teatro estudiantil
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A medio camino, la policía lo detuvo por conducir demasiado a la izquierda. Le preguntaron por las bolsas que llevaba en el asiento trasero y Dahmer contestó que era basura. Le creyeron y como pasó el test del alcoholímetro, le pusieron una multa por conducir fuera de su carril y lo dejaron ir.
Volvió a su casa con los restos del cadáver y los escondió en una tubería de su casa, donde permanecieron por varios años.
Su padre y su madrastra lo convencieron para ir a la universidad, y en el otoño de 1978 ingresó en la Ohio State University. Pero sus problemas de alcohol hicieron que la abandonara en el siguiente semestre.
Jeffrey Dahmer graduándose del bachillerato, acompañado de su padre Lionel
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En 1979, su padre lo convenció para entrar al ejército y fue enviado a Alemania, en donde permaneció unos años hasta ser dado de baja a causa de su alcoholismo.
Dahmer en Alemania, fingiendo estar muerto

Luego de vivir un tiempo en Florida, volvió a su casa en Ohio. Aprovechó para desenterrar los restos de su primera víctima, destruyó los huesos y los esparció en la maleza.
Tras su primer asesinato se sintió culpable y asustado. Intentó reprimir sus deseos sexuales y homicidas acudiendo a la iglesia, dejando el alcohol y manteniéndose en estado de celibato. Vivió así un tiempo, lo que explica que pasaran casi diez años hasta su siguiente crimen.
Con el tiempo pensó que podía intentar satisfacer algunos de sus deseos sin hacerle daño a nadie, volvió a beber y empezó a frecuentar lugares de ambiente gay.
Dahmer se fue a vivir a casa de su abuela; allí tenía un maniquí que guardaba en su closet. Tenía relaciones sexuales con el maniquí y fantaseaba con que era un cadáver.
La casa de la abuela de Jeffrey Dahmer

En 1986 fue detenido por exhibicionismo público; poco antes había querido desenterrar a un joven muerto recientemente, para disfrutar de su cuerpo, pero el suelo helado a causa de las nevadas se lo impidió.
En septiembre de 1987, conoció a Steven Toumi en un bar gay. Bebieron mucho y fueron a una habitación de hotel. Dahmer no recordaría cómo lo asesinó, sólo que cuando despertó a la mañana siguiente descubrió que el chico estaba muerto.
Para deshacerse del cadáver, compró una maleta, en la que lo metió y llevó al sótano de la casa de su abuela. Allí tuvo sexo con el cadáver, después lo desmembró y lo tiró a la basura. Se quedó con la cabeza, a la cual hirvió y blanqueo, para después exponerla como trofeo en su habitación. A quienes preguntaban, les decía que había comprado el cráneo a un estudiante de Medicina.
Algunos meses después conoció a su próxima víctima, Jamie Doxtator. Doxtator era un joven de catorce años que rondaba las puertas de los bares para homosexuales en busca de alguien con quien acostarse. De esta misma forma, Dahmer también conoció a Richard Guerrero en marzo de 1988.
El bar gay donde Dahmer conocía a sus víctimas

El 25 de septiembre de 1988 se mudó a un departamento en Milwaukee, donde su carrera criminal comenzaría realmente en serio.
Al otro día de instalarse en su nueva casa, le ofreció cincuenta dólares a un chico laosiano de trece años para posar para unas fotografías, pero lo drogó y abusó de él.
Los padres realizaron la denuncia y el 30 de enero de 1989 fue encontrado culpable, pero sólo permaneció en la cárcel diez meses antes de ser liberado.
Cuando Dahmer, en condición de régimen semiabierto, solicitó la libertad bajo palabra, incluso su padre, uno de sus más acérrimos defensores, escribió al juzgado oponiéndose a su excarcelación antes de que finalizara el programa de tratamiento, pero aun así fue puesto en libertad.
Ilustración de Rocko
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Mientras era procesado por abuso de menores, Dahmer conoció a Anthony Sears en un bar. Le ofreció dinero para sacarle unas fotografías y lo llevó a la casa de su abuela donde lo estranguló, tuvo sexo con su cadáver y lo desmembró. Él quería que sus amantes se quedaran en la casa con él y ante la negativa de éstos, los mataba.
Luego de cumplir su condena por abuso y de mudarse a su departamento en Milwaukee, Dahmer asesinó a doce personas más, hasta julio de 1991. Su táctica era siempre similar: los invitaba a ver pornografía o a sacarse unas fotos, les ponía una droga en la bebida, los estrangulaba, tenía sexo con el cadáver y se masturbaba encima del cuerpo. Después tomaba fotografías de las víctimas y de cada etapa del desmembramiento.
Solía utilizar ácidos para deshacer la carne y los huesos, pero solía conservar la cabeza y los genitales como trofeo. Llegó a comprar un barril que llenaba de ácido y tenía en un rincón de su casa.
Cartel homenaje a Jeffrey Dahmer
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Otra de sus características era comer parte de sus víctimas, para alimentar la fantasía de que empezaban a formar parte de él. Practicó la necrofagia casi todo el tiempo y guardaba en su refrigerador varios trozos de carne envuelta en bolsas de plástico.
Mandil con la imagen de Dahmer
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El 8 de julio de 1990, una de sus víctimas en potencia se puso a gritar con tal fuerza que Dahmer no tuvo más remedio que dejarla marchar; el incidente fue denunciado a la policía, con la descripción de un agresor llamado Jeff y la dirección de su apartamento, pero no se llevó a cabo ninguna investigación.
Juguete inspirado en “El Carnicero de Milwaukee”
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La segunda oportunidad se dio a finales de mayo de 1991, cuando Dahmer secuestró en un centro comercial a otro muchacho laosiano que resultó ser el hermano pequeño del que tres años antes había conseguido escapar de él; se llamaba Konerak Sinthasomphone. En su departamento lo drogó y le realizó unas trepanaciones en el cráneo para inyectarle ácido en el cerebro; ya antes había tratado de crear un zombie con otra de sus víctimas, perforando la cabeza con un taladro y metiéndole agua hirviendo en el cerebro a través del orificio.
Figura de plastilina
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El joven consiguió escapar cuando Dahmer salió a tomarse una cerveza a un bar. Dahmer lo había violado. El chico salió corriendo desnudo a la calle, donde se congregó una multitud que le prestó auxilio hasta la llegada de la policía. El muchacho no podía hablar porque estaba aturdido por el ácido que Dahmer le había inyectado en el cerebro.
El edificio de departamentos donde Jeffrey Dahmer vivía y mataba
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Por increíble que parezca, los policías y los bomberos que acudieron a la llamada de urgencia se dejaron convencer por Dahmer, quien llegó cuando estaban atendiendo al chico: les aseguró que el muchacho era su amante y que estaba muy borracho. Los policías llegaron al extremo de acompañar al laosiano a casa de su agresor. Creyeron la historia del amante al ver las fotografías que Dahmer la había tomado al chico desnudo poco rato antes.
La puerta del apartamento 213
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La policía depositó al moribundo joven en una silla. Ni siquiera registraron la casa, ni vieron el santuario macabro que tenía; de hecho, se fueron rápido ante el hedor que desprendía el interior y que Dahmer atribuía a las cañerías del edificio; unos minutos después, el muchacho era estrangulado. Si la policía hubiese revisado el apartamento, habría encontrado un cadáver en una de las habitaciones, además de docenas de pruebas de otros asesinatos.
El interior del departamento
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Dahmer quería tener control sobre sus víctimas, y su intención al realizar las trepanaciones era convertirlos en una especie de zombies que lo obedecieran ciegamente. Dijo que se obsesionó con crear un zombie porque quería un amante silencioso, que hiciera todo lo que él le pedía y que se quedara haciéndole compañía.
Caricatura: Michael Jackson conoce a Jeffrey Dahmer
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También mostró interés por las ciencias ocultas. Dahmer quería construir lo que él unas veces llamaba “Centro de Poder” y otras “Templo”, formado por una larga mesa en la que colocaría seis calaveras. Dos esqueletos completos la flanquearían, uno a cada extremo, suspendidos del techo. Una gran lámpara se erguiría en el centro de la mesa y extendería seis globos de luz sobre las calaveras. El propósito de Dahmer era crear un entorno desde donde conectar con otro nivel de percepción o del ser, a fin de conseguir el éxito en el amor y las finanzas. Estaba además inspirado por las películas de la saga La guerra de las Galaxias, de George Lucas.
Caricaturas sobre el multihomicida
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Alguna vez que Dahmer abrió un armario y el administrador olió el contenido de un barril de plástico con capacidad para más de cien litros, lleno de la solución de ácido que utilizaba para disolver los huesos, el administrador a punto estuvo de desvanecerse. El le explicó que allí vertía el agua sucia de la pecera y el hombre se lo creyó. Poco después, tiró el barril con su contenido y adquirió un enorme bidón azul de petróleo, donde guardaba los torsos.
Las víctimas (click en la imagen para ampliar)

El 22 de julio de 1991, Tracy Edwards, su última víctima, consiguió escapar esposado. La policía lo vio y esta vez decidieron investigar. Fueron al apartamento del hombre que lo había raptado y al revisar la habitación descubrieron varias fotografías de cadáveres, restos humanos en el refrigerador y una cabeza en el congelador.
El refrigerador de Jeffrey Dahmer
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También hallaron huesos, cadáveres a medio desmembrar, el barril lleno de ácido y las herramientas que Dahmer utilizaba para torturar y matar. Las paredes estaban llenas de sangre, había trozos de cuerpos mutilados, siete cráneos y muchos huesos.
Los cadáveres en el departamento
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Curiosamente, Tracy Edwards, su víctima final, al salir a explicar su caso en televisión fue identificado como el acusado de una violación a una chica poco tiempo antes. Dahmer intentó huir, pero fue detenido.
El arresto
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Días después, los vecinos de Dahmer dispararon a las puertas de su casa, ante el horror que causaron sus crímenes.
El departamento de Dahmer, sellado
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Al principio Dahmer intentó negar sus crímenes, pero el cúmulo de pruebas encontradas (un barril lleno de restos humanos, cráneos puestos a secar y barnizados, el refrigerador con trozos de carne humana, centenares de fotos) le hizo cambiar de idea y facilitó una detallada descripción de los asesinatos.
Las investigaciones de la policía
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No sólo confesó el asesinato de los jóvenes sino también una serie de prácticas que incluían copulación con los cadáveres, canibalismo y prolongadas torturas como preludio de los asesinatos.
El juicio comenzó el 27 de enero de 1992. Desde el principio quedó claro que le impulsaba un trastorno mental, a pesar de que él hacía todo lo posible por disimular su enfermedad.
La policía retira el bidón de los torsos y el refrigerador de Dahmer
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Los medios hicieron del juicio un verdadero circo. Bautizaron a Jeffrey Dahmer como “El Carnicero de Milwaukee”. Una legión de fans comenzó a elaborar pinturas con su rostro, cómics, camisetas, caricaturas y hasta canciones dedicadas al asesino.
Revistas, periódicos y noticieros lo catapultaron al estrellato de los asesinos. Empezó a recibir cartas de fans y muchos seguidores lo convirtieron en su ídolo sangriento.
Los psiquiatras que lo atendieron en la prisión le dijeron que estaba enfermo, por lo que se declaró culpable con atenuante de enajenación mental, para ser condenado a una cárcel especial para enfermos mentales, pero el atenuante fue finalmente rechazado.
Dahmer fichado antes de su juicio
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Dahmer se mostró tan sincero y cooperador como muchos otros asesinos en serie, sin embargo ni él mismo podía entender cómo había sido capaz de cometer todas aquellas atrocidades. Además, era acusado de tener motivos raciales en sus homicidios, algo que él desmentía.
Los familiares de las víctimas

Como testigo de la Defensa, fue citado Robert K. Ressler, el investigador que creó el concepto de “asesino serial”. Ressler, responsable de la elaboración de perfiles sobre criminales violentos y fundador de la Unidad de Ciencias del Comportamiento en el FBI, había colaborado en docenas de casos sobre multihomicidas y realizado entrevistas con todos ellos. Ressler se había bautizado a sí mismo como “El que lucha con monstruos”, aludiendo a una frase de Nietzsche: “El que lucha con monstruos debe procurar no convertirse en uno. Cuando miras al abismo, el abismo también mira dentro de ti”.
Robert K. Ressler: “El que lucha con monstruos”
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Sobre el Caso Dahmer, Ressler escribió en uno de sus libros:
“En enero de 1991, unos meses después de mi retiro del FBI, la Universidad de Wisconsin me invitó a dar un curso de elaboración de perfiles criminales en Milwaukee. Era un encargo rutinario y no me detuve a pensar en las consecuencias hasta que por los titulares de la prensa me enteré de que el verano de aquel mismo año, habían detenido en Milwaukee a Jeffrey Dahmer.
“Dahmer estaba acusado de diecisiete asesinatos en aquella zona y en los alrededores de la casa donde había transcurrido su infancia, en Bath, Ohio. Para mí fue una grata sorpresa recibir una carta, el mes de agosto, de un investigador que había asistido al curso y que en aquel momento participaba en el esclarecimiento del caso Dahmer. ‘No se puede figurar hasta qué punto han sido útiles sus explicaciones para abordar los sucesos ocurridos recientemente en Milwaukee’, decía.
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“Más tarde, mi intervención en el caso Dahmer fue más directa y personal. En otoño coincidieron en ponerse en contacto conmigo la Defensa y un policía que pasó mi historial profesional al Fiscal. Mi amigo (el abogado) Park Dietz iba a presentarse por la acusación, pero en aquella ocasión mi opinión difería de la suya y acepté asesorar a la Defensa. No es que creyera que Dahmer fuera inocente desde el punto de vista legal o médico, pero me parecía que existían circunstancias atenuantes que permitían plantear un caso de locura.
Otras caricaturas sobre Jeffrey Dahmer
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“En mi opinión, Dahmer no respondía ni al perfil clásico del criminal organizado ni al del desorganizado: mientras que un asesino organizado sería legalmente cuerdo, y un asesino desorganizado sería para la ley claramente demente, Dahmer era ambas cosas y ninguna de las dos, una especie de criminal mixto, por lo que cabía la posibilidad de que un tribunal considerase que no estaba en su sano juicio cuando cometió algunos de sus últimos asesinatos. Si acepté, fue por la alegación que Gerry Boyle quería que Dahmer presentase.
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“El 13 de enero de 1992, Boyle anunció a la prensa y al tribunal que Dahmer, que en un principio se había declarado ‘no culpable por enajenación mental’, ahora se declaraba ‘culpable pero enajenado’. La alegación ‘culpable pero enajenado’ está prevista por la ley de Wisconsin, aunque no por la de otros muchos estados. En virtud de ella, fuera cual fuera el resultado del juicio, Dahmer pasaría el resto de sus días recluido en una institución segura. Si la defensa ganaba el caso, la institución sería un hospital psiquiátrico; si perdía, sería la cárcel. ‘Éste es un caso sobre el estado mental de Dahmer’, anunció Boyle a la prensa”.
La celda de Dahmer

En una entrevista realizada con Jeffrey Dahmer en la prisión y publicada en su libro Dentro del monstruo en 1997, Robert Ressler intentó una aproximación a la psique de Dahmer. Este es un extracto de esa entrevista histórica, desarrollada mientras se efectuaba el juicio del “Carnicero de Milwaukee”:
“Imaginen, si así lo desean, una voz grave y sonora, aparentemente lacónica, reposada y fluida, pero con signos evidentes de una gran tensión y de esfuerzo por controlar lo que está diciendo. Hay que arrancarle las palabras. Para animarlo a seguir, yo murmuraba monosílabos de asentimiento después de cada frase, pero los he eliminado de la transcripción para facilitar la lectura. Dahmer quería dar la impresión de que colaboraba y de que recordaba lo que había hecho con cierta objetividad, como si el autor de los asesinatos hubiera sido otra persona muy distinta”.
Robert Ressler entrevistando a Jeffrey Dahmer en la biblioteca de la prisión

Robert Ressler: Retrocedamos a la época de Bath, cuando cometiste tu primer delito, y quitaste la vida a un ser humano. ¿Antes de eso…?
Jeffrey Dahmer: No hubo nada.
RR: ¿Ninguna agresión, ni nada parecido?
JD: No. Violencia contra mí, sí. Fue a mí a quien atacaron, sin motivo.
RR: ¿Puedes describir brevemente lo que ocurrió?
JD: Había ido a visitar a un amigo y volvía de noche a casa; vi que se me acercaban tres chicos del instituto, estudiantes de último año. Uno de ellos sacó una porra y me golpeó en la nuca. Así, sin motivo. Eché a correr.
RR: Hablemos un poco de la ruptura de tu familia. Es doloroso para mucha gente, para la gente que ha hecho lo mismo que tú, y puede convertirse en un elemento importante de su vida. Permíteme que te pregunte: ¿en algún momento sufriste alguna agresión sexual?
JD: No.
RR: Entonces, ésta no fue la causa. He oído de tu interés por diseccionar animales y cosas por el estilo. ¿Cuándo empezó?
JD: A los quince o dieciséis años. (En la clase de Biología) nos hicieron diseccionar un lechón.
RR: ¿Cómo describirías tu fascinación por, bueno, por la desmembración (Dahmer se ríe) de animales?
JD: Pues… uno fue un perro grande que encontré en la carretera. Iba a separar la carne, blanquear los huesos, reconstruirlos y venderlo. Pero no llegué a hacerlo. No sé cómo empecé a meterme en esto; es una afición un poco rara.
RR: Me parece recordar que pusiste la cabeza en un palo y lo dejaste detrás de tu casa.
JD: Fue una broma. Encontré al perro y lo rajé para ver cómo era por dentro. Después se me ocurrió que sería divertido clavar la cabeza en una estaca y dejarla en el bosque. Llevé a uno de mis amigos y le dije que me lo había encontrado entre los árboles. También le tomé una fotografía.
RR: ¿Qué edad tenías entonces?
JD: Creo que dieciséis.
La cabeza empalada de un perro muerto: broma juvenil de Dahmer

RR: Tenías unos dieciocho años cuando cometiste el primer asesinato, ¿no es cierto?
JD: Antes llevaba un par de años teniendo la fantasía de encontrar a un hombre guapo haciendo dedo y (pausa dramática)… gozar sexualmente de él (…) Ocurrió por casualidad una semana que no había nadie en casa. Mi madre estaba fuera con David, en un motel a unos ocho kilómetros; yo tenía el coche, eran más de las cinco de la mañana y regresaba a casa después de haber bebido. No buscaba a nadie, pero a un kilómetro de casa, lo vi. Hacía dedo. No llevaba camisa y era guapo. Me sentí atraído por él. Pasé por delante de él, frené y pensé: “¿Qué hago? ¿Lo hago subir o no?” Le pregunté si quería fumar un porro y él respondió: “¡Estupendo!” Fuimos a mi habitación, bebimos unas cervezas y en el rato que pasamos juntos vi que no era gay. No sabía cómo retenerlo, más que agarrando la barra de las pesas y golpeándolo en la cabeza. Luego lo estrangulé con la misma barra (…) Estaba muy asustado por lo que había hecho. Anduve un rato de un lado para otro por la casa. Al final me masturbé (…) Más tarde bajé el cadáver al sótano. Me quedo allí, pero no puedo dormir, vuelvo a subir a la casa. Al día siguiente tengo que pensar en una manera de deshacerme de las pruebas. Compro un cuchillo de caza. Por la noche vuelvo a bajar, le abro el vientre y me masturbo otra vez.
Historieta sobre el caníbal
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RR: ¿Te excitó sólo el físico?
JD: Los órganos internos.
RR: ¿Los órganos internos? ¿La acción de destriparlo?
JD: Sí, luego le corto un brazo. Luego todo el cuerpo en pedazos. Meto cada trozo en una bolsa y después todo en tres bolsas grandes de plástico para la basura. Pongo las bolsas en la parte trasera del coche y me voy a tirar los restos a un barranco, a quince kilómetros. Son las tres de la madrugada. Voy por una carretera secundaria desierta y, a mitad de camino, me para un policía, por ir demasiado a la izquierda. El agente pide refuerzos. Son dos. Me hacen la prueba de alcoholemia. La paso. Iluminan el asiento trasero con la linterna, ven las bolsas y me preguntan qué es. Les digo que basura, porque cerca de mi casa no hay ningún vertedero. Me creen a pesar del olor. Me ponen una multa por circular demasiado a la izquierda… y vuelvo a casa (…) (Las bolsas) las volví a dejar en el sótano. Agarré la cabeza, la lavé, la puse en el suelo del cuarto de baño, me masturbé; luego volví a meter la cabeza con el resto de las bolsas, abajo. A la mañana siguiente… metí las bolsas en una tubería de desagüe enterrada que medía unos tres metros. Aplasté la entrada de la tubería hasta cerrarla y las dejé unos dos años y medio dentro.
RR: ¿Cuándo volviste a buscarlas?
JD: Después del ejército, después de trabajar un año en Miami. Abrí la tubería, agarré los huesos, los rompí en trozos pequeños y los esparcí por la maleza.
Receta de cocina humorística de Dahmer
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RR: ¿Tienes idea de dónde te vino esta fantasía de tomar a alguien por la fuerza? ¿También imaginabas quitar la vida a alguien?
JD: Sí, sí. Todo… todo giraba alrededor de tener un dominio absoluto. Por qué, o de dónde me vino esto, no lo sé.
Noticiero con escenas originales sobre la captura y juicio de Dahmer
RR: ¿Te sentías fuera de lugar en tus relaciones con la gente?
JD: En el pueblo donde vivía, la homosexualidad era el máximo tabú. Nunca se hablaba de eso. Yo sentía deseos de estar con alguien, pero nunca conocí a nadie que fuera gay, por lo menos que yo supiera; sexualmente era muy frustrante.
RR: ¿Cómo te aficionaste a (las píldoras para dormir)?
JD: Llevaba un tiempo yendo al sauna y la mayoría de los que conocía allí quería sexo anal; a mí esto no me interesaba, prefería encontrar una manera de quedarme toda la noche con ellos sin necesidad de esto.
Parodia de un anuncio comercial incluyendo a Dahmer
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RR: En aquella época, ¿tenías intenciones de llevarte a alguien a casa?
JD: No, en absoluto. Por eso empecé a utilizar el maniquí. ¿Sabía esto? Buscaba la manera de satisfacerme sin hacer daño a nadie.
RR: ¿Intentaste apartarte de todo esto?
JD: Sí. Durante dos años. Alrededor de 1983 empecé a frecuentar la iglesia con mi abuela. Quería enderezar mi vida. Iba a misa, leía la Biblia, intentaba apartar todo pensamiento relacionado con el sexo, y durante esos dos años salí adelante. Pero una noche, en la biblioteca local, leyendo un libro y pensando en mis cosas, se me acercó un chico, me tiró una nota en el regazo y se alejó apresuradamente. La nota decía: “Si bajas al lavabo de la planta baja, te la chupo”. Me lo tomé a broma y no le di más importancia. Pero unos dos meses después empecé otra vez, el impulso, la compulsión. Aumentó el deseo sexual. Volví a beber y a frecuentar los sex-shops. En aquel tiempo tenía controlado el deseo, pero quería encontrar la manera de saciarme sin hacer daño a nadie. Así que me hice socio del sauna, iba a bares gay e intentaba obtener satisfacción con el maniquí. Luego ocurrió el incidente del cementerio. Leí la esquela de un joven de dieciocho años y me presenté en el tanatorio. Vi el cadáver y era un hombre muy atractivo. Cuando lo hubieron enterrado, agarré una pala y una carretilla con la intención de llevarme el cadáver a casa. Alrededor de medianoche me dirigí al cementerio, pero el suelo estaba helado y tuve que abandonar mi propósito.
Historieta: Dahmer contra Cristo
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RR: ¿Descubriste que en los bares era fácil conseguir que alguien se fuera contigo?
JD: Exacto. Era un muchacho muy guapo. Le invité a la habitación del hotel. Estuvimos bebiendo. Yo tomaba Coca Cola con ron de alta graduación. Le hice beber a él también y se quedó dormido. Yo seguí bebiendo y debí de quedarme en blanco, porque no recuerdo nada de lo que ocurrió hasta que me desperté por la mañana. El estaba tumbado de espaldas, con la cabeza colgando del borde de la cama; yo tenía los antebrazos llenos de contusiones y él algunas costillas rotas y otras lesiones. Al parecer, lo había golpeado hasta matarlo (…) No recuerdo haberlo hecho y no tenía ninguna intención de hacerlo (…) Estaba horrorizado. Pero tenía que hacer algo con el cadáver. Lo encerré en el armario, me fui al centro comercial y compré una valija grande con ruedas. Lo metí dentro. Reservé la habitación para otra noche. Me quedé ahí sentado, aterrorizado. La noche siguiente, a la una de la madrugada, abandoné el hotel, pedí al taxista que me ayudara a meter la valija en el portaequipajes, y me dirigí a casa de mi abuela. Escondí la valija en el sótano y lo dejé allí aproximadamente una semana.
RR: ¿Y no despedía ningún olor?
JD: No, porque hacía frío. Era la Fiesta de Acción de Gracias y no podía hacer nada porque iban a venir unos familiares de visita.
RR: ¿Por qué no dejaste el cadáver en la habitación?
JD: Porque estaba a mi nombre.
Primer arresto de Dahmer
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RR: Sigamos. Tienes el cadáver escondido allí abajo una semana…
JD: Mi abuela sale un par de horas para ir a la iglesia, y yo bajo a buscarlo. Agarro un cuchillo, le rajo el estómago, me masturbo, luego separo la carne y la meto en bolsas, cubro el esqueleto con una colcha y lo hago pedazos con una maza. Lo envuelvo todo y el lunes por la mañana lo echo a la basura. Excepto el cráneo. El cráneo me lo guardé (una semana). Lo metí en lejía concentrada para blanquearlo. Quedó limpio, pero demasiado frágil y lo tiré.
Comercial humorístico de taladros
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RR: Con el joven laosiano te salió el tiro por la culata. La policía te detuvo.
JD: Mmm-hmm. El agente y yo volvimos al apartamento. Registraron la casa. No encontraron el cráneo que tenía en una cómoda del vestíbulo (…) Estaba debajo de la ropa. En Ohio se les pasaron por alto las bolsas de basura y ahora no veían el cráneo.
RR: Si lo hubieran encontrado, las cosas habrían cambiado considerablemente, ¿verdad?
JD: Sí. Y salir del hotel como lo hice. No era nada normal. Cuestión de suerte.
Dahmer y su padre, Lionel, en una entrevista con los medios
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RR: Según parece, habías elaborado un plan muy detallado para convencer a la gente de que fuera contigo. Estabas seguro de que siempre lo conseguirías.
JD: Sí. Pero algunas veces no funcionaba. Algunas veces, muy pocas, estaba muy borracho, y me llevaba a alguien que no era tan atractivo como había creído, y por la mañana tenía resaca y se iba. Otras veces no quise matarlos, porque no quería estar con ellos. Esto me ocurrió tres o cuatro veces. Otras noches no quería estar con nadie y volvía a casa a ver un video o leer.
RR: No tenías muchas cintas de video.
JD: A medida que pasaban los años, fui dejando de lado los videos y las revistas que no me atraían. Aparte de las películas porno, veía las del Jedi, la trilogía de La guerra de las galaxias. El personaje del Emperador, con su control absoluto, encajaba perfectamente en mis fantasías. Supongo que a mucha gente le gustaría tener el control total, es una fantasía muy común.
RR: Tuviste algo con las ciencias ocultas. ¿Era un intento de conseguir más poder?
JD: Sí, pero no fue nada serio. Hice algunos dibujos. Iba a librerías especializadas en ciencias ocultas y compraba material, pero nunca hice ningún ritual con las víctimas. Probablemente lo habría hecho seis meses más tarde, si no me hubieran detenido.
RR: Tengo una copia de un dibujo tuyo. Es toda una fantasía, ¿eh?
JD: Habría sido una realidad, con seis meses más.
RR: ¿Qué había detrás del hecho de que conservaras los esqueletos, los cráneos, el pelo, las partes del cuerpo?
JD: Conservar los cráneos era una manera de sentir que había sido un desperdicio total matarlos. Los esqueletos iba a utilizarlos para el Templo, pero ésta no fue la motivación para matarlos; se me ocurrió después.
RR: Parece que tolerabas mal que la gente se marchara.
JD: Mis víctimas eran ligues de una noche. Siempre me dejaban claro que tenían que volver al trabajo. Y yo no quería que se fueran.
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RR: Con el primer muchacho, al que intentaste convertir en zombie, no te salió bien. ¿Volviste a intentarlo?
JD: Lo intenté otra vez, doblé la dosis y el resultado fue fatal. Esta vez no hubo estrangulamiento. Luego intenté inyectar agua hirviendo. Más tarde se despertó. Estaba muy aturdido. Le di más píldoras y volvió a dormirse. Esto fue la noche siguiente. De día lo dejaba allí.
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RR: ¿Hasta dónde perforaste el cráneo con el taladro?
JD: Sólo hasta el hueso. Lo inyecté. Estaba dormido y salí a tomar una cerveza rápida al bar de enfrente antes de que cerrasen. Cuando volvía, le vi sentado en la acera y alguien había llamado a la policía. Tuve que pensar deprisa: les dije que era un amigo mío que se había emborrachado y me creyeron. En mitad de un callejón oscuro, a las dos de la madrugada, con la policía a un lado y los bomberos al otro. No podía ir a ninguna parte. Me pidieron el carnet de identidad y se los enseñé. Trataron de hablar con él y les respondió en su lengua. No había rastros de sangre; le examinaron y se creyeron que estaba completamente borracho. Me dijeron que me lo llevara adentro; él no quería entrar, pero entre dos agentes lo subieron al apartamento.
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RR: ¿Lo examinaron?
JD: No. Lo tumbaron en el sofá y echaron un vistazo al apartamento. No entraron en mi dormitorio. Si lo hubieran hecho, habrían visto el cadáver (de una víctima anterior) que aún estaba allí. Vieron las dos fotos que le había sacado antes al muchacho, que estaban encima de la mesa del comedor. Un agente le dijo al otro: “¿Lo ves? Ha dicho la verdad”. Y se marcharon.
Segundo arresto de Dahmer
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RR: ¿Cuánto esperaste para descuartizarlo y deshacerte del cadáver?
JD: Hasta el día siguiente.
RR: ¿Cuánto tardaste?
JD: Unas dos horas (…) Tenía mucha práctica. Es un trabajo sucio. Trabajaba deprisa. Siempre en la bañera.
RR: Y te deshiciste de él. ¿Arrojaste mucho por el inodoro? ¿No se atascaba?
JD: No, jamás se me atascó.
Titular durante el juicio
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RR: ¿Cómo ocurrió que empezaras a comer cadáveres?
JD: Mientras desmembraba (a uno de ellos). Guardé el corazón. Y los bíceps. Los corté en pedazos pequeños, los lavé, los metí en bolsas de plástico herméticas y las guardé en el congelador; buscaba algo más, algo nuevo para satisfacerme. Después los cociné y me masturbé mirando la foto.
El refrigerador de Dahmer representado en un Museo de Cera

RR: ¿Nunca sentiste inclinación por los niños? ¿Cuáles eran tus preferencias?
JD: Los hombres hechos y derechos (…) Todo el mundo cree que era una cuestión racial, pero eran diferentes. El primero era blanco, el segundo era un indio norteamericano, el tercero era hispano y el cuarto era mulato. El único motivo de que levantara hombres negros era que en los bares gay eran mayoría (…) Recuerdo a uno; nos desnudamos. Estuvimos en la cama, acariciándonos. Nos masturbamos. Y lo encontré tan atractivo que quise conservarlo.
El Tribunal, poco antes del inicio del juicio
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RR: ¿Qué había dentro del bidón azul?
JD: Los torsos sin cabeza (…) Era para el ácido. Para tratar los torsos.
El bidón para los torsos
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RR: ¿Cuál era el propósito de las lámparas?
JD: Eran globos azules. Apagaba la luz de arriba y conseguía dar una atmósfera misteriosa y oscura al escenario. Efectos especiales. Como en las películas del Jedi.
Una sesión del juicio
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RR: ¿Y lo de tus lentes de contacto amarillos?
JD: Los dos protagonistas de estas películas llevaban unas lentes en los ojos que emanaban poder. Formaba parte de mi fantasía.
Comienza el juicio de Dahmer, quien viste la camisa a rayas perteneciente a una de sus víctimas
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RR: ¿Y por qué barnizar los cráneos?
JD: Para darles un aspecto más uniforme. Después de unas semanas, algunos no estaban tan blancos como los otros y tenían un aspecto artificial, como fabricados para un anuncio.
RR: ¿Qué pasó con aquel muchacho que golpeaste con un martillo?
JD: Se marchó furioso, diciendo que iba a llamar a la policía. Quince minutos más tarde, regresó. Llamó a la puerta y le dejé entrar. Dijo que necesitaba dinero para el teléfono, o el taxi, o no sé qué. Me pareció increíble que volviera. ¿Puede creérselo? (…) Tenía miedo de dejarlo ir otra vez; forcejeamos unos cinco minutos. Los dos estábamos agotados. Estuvimos en el dormitorio hasta las siete de la mañana. Lo calmé; me prometió que no llamaría a la policía. Fuimos a la esquina, paré un taxi y ésa fue la última vez que lo vi.
RR: ¿Qué tipo de persona habrías deseado como compañero sexual?
JD: Me habría gustado tener un hombre blanco bien desarrollado y complaciente. Habría preferido tenerlo vivo y que estuviera siempre a mi lado.
RR: ¿Que saliera a trabajar y que llevara una vida normal, o que sólo estuviera contigo?
JD: Que sólo estuviera conmigo.
RR: ¿Alguna vez pensaste que el otro había hecho algo mal y que tú tenías justificación para…?
JD: No. Esto es lo que creía Palermo, el psicólogo forense: que yo lo hacía para librar al mundo de malvados. Y no lo hacía por eso. Nada de psicologías profundas, ¿eh? No siempre funcionan.
“Nos reímos y dimos por terminadas las sesiones. Dahmer aceptó volver a recibirme después del juicio para que yo siguiera con las entrevistas. Le dije que se cuidara y que fumaba demasiado. Me respondió que si terminaba teniendo un cáncer y se moría, solucionaría el problema a todos los que no sabían qué hacer con él”.
Todos los presentes en el juicio pudieron darse cuenta de hasta qué punto sus compulsiones y fantasías se habían apoderado de su mente, empujándole a seguir asesinato tras asesinato.
Después del veredicto habló por primera vez al tribunal diciendo:
“Señor juez, todo ha terminado. Me siento muy mal por lo que hice a esas pobres familias y comprendo su merecido odio. Asumo toda la culpa por lo que hice. He hecho daño a mi madre, a mi padre y a mi madrastra, pero los quiero mucho”.
Los padres de Jeffrey Dahmer durante el juicio
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Un jurado corroboró que una persona, para ser considerada enferma mental, debe comportarse como tal la mayor parte del tiempo. Por consiguiente, consideró que Dahmer estaba legalmente en su sano juicio al cometer los crímenes.
Una vez emitido este veredicto, el jurado tuvo que considerar a Dahmer culpable de quince asesinatos y fue condenado a quince cadenas perpetuas, lo que equivaldría a unos 936 años de cárcel. En Wisconsin no existe la pena de muerte.
La prisión
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Fue enviado al Columbia Correctional Institute en Portage donde, para su seguridad, no tenía contacto con los presos comunes. Pero Dahmer pidió a las autoridades tener más contacto con los otros presos, por lo que comenzó a comer con ellos y a realizar algunas tareas de limpieza.
La madre de Dahmer

El 28 de noviembre de 1994 realizaba tareas de limpieza con Christopher Scarver, un esquizofrénico de raza negra, y Jesse Anderson, que había asesinado a su esposa y culpado a un hombre negro.
Christopher Scarver, el asesino de Dahmer

La combinación de presos era muy peligrosa. Los guardias encontraron a Dahmer agonizante a causa de una golpiza y a Anderson mortalmente herido. Christopher Scarver cumplía cadena perpetua y había sido condenado a pesar de haber afirmado que unas voces le decían que era el Hijo de Dios, y le advertían acerca de si podía o no confiar en una persona. Dahmer fue trasladado al hospital, pero murió poco después.
La llegada de Dahmer al hospital

Para muchos, la muerte violenta de Dahmer fue un final apropiado; hubo otros, sin embargo, entre ellos algunos columnistas, que se enfurecieron porque Scarver había privado a los ciudadanos del derecho de tener a Dahmer purgando durante muchos más años los crímenes cometidos.
La muerte de Dahmer en la revista People
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Los médicos extrajeron el cerebro de Jeffrey Dahmer para estudiarlo. Meses después, los padres de Dahmer se pelearon por la posesión de su cerebro, llegando incluso a enfrentarse ante los tribunales.
El cerebro de Dahmer en un frasco
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La madre deseaba venderlo a un hospital de investigación mental, mientras que el padre sólo deseaba enterrarlo lejos de todo el mundo.
Titular sobre el cerebro de Dahmer
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Además de inspirar ensayos, poemas, pinturas, discos e imitadores, en 2002 se estrenó una deficiente película llamada Dahmer basada en su historia real, protagonizada por Jeremy Renner. En 2008 le tocó el turno a Raising Jeffrey Dahmer, con el punto de vista de su padre. También hubo un amplio número de documentales.
Traileres de la película Raising Jeffrey Dahmer
Trailer de la película Dahmer
Trailer de la cinta La vida secreta de Jeffrey Dahmer
Dahmer terminó siendo conocido no sólo por la cantidad de personas que asesinó, sino también por practicar la necrofilia y el canibalismo, y por su manía de efectuar perforaciones en el cráneo para inyectar a sus víctimas agua hirviendo o ácido en el cerebro. Su gusto por desmembrar el cuerpo de sus víctimas y conservar sobre todo los torsos (por los que sentía adoración) y las cabezas, lo catapultó al Salón de la Fama de los asesinos seriales.
Nota manuscrita de Jeffrey Dahmer

Colección de objetos sobre Dahmer
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BIBLIOGRAFÍA:
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FILMOGRAFÍA:

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DISCOGRA
Gregorio “Goyo” Cárde.JPG)
“Y entonaba el pueblo:
‘Te he de ver trasplantada en el huerto de mi casa’”
Canción popular dedicada a Goyo Cárdenas
Gregorio Cárdenas Hernández nació en la Ciudad de México en 1915. Solamente quince días duró su carrera criminal, pero eso le bastó para entrar en los anales de la Historia como el asesino serial más popular de México. De niño, Goyo sostuvo una relación enfermiza con su madre, Vicenta Hernández, una mujer dominante que lo reprimió hasta su adolescencia. Pese a ello, el altísimo coeficiente intelectual de Goyo hizo que fuese un estudiante destacado. La encefalitis que de niño padeció causó, sin embargo, un daño neurológico irreversible; a raíz de su enfermedad, Goyo padeció de eneuresis y empezó a dar muestras de crueldad hacia los animales: se ensañaba torturando pollitos y conejos.
Video que muestra la casa en la calle Mar del Norte
A sus veintisiete años, Goyo estudiaba Ciencias Químicas; era un alumno tímido y esmirriado, que utilizaba gruesos lentes. Pero eso no le impidió obtener una beca de PEMEX, que le permitió continuar sus estudios. Independizado de la sombra de su progenitora, Goyo rentó una casa en la calle Mar del Norte nº 20, en Tacuba, cerca del Centro Histórico de la Ciudad de México. Allí vivía cuando la noche de 15 de agosto de 1942, a bordo de su automóvil Ford, recogió en la calle a una prostituta de dieciséis años llamada María de los Ángeles González, alias “Bertha”, a quien llevó a su domicilio. Hacia las 23:00 horas, y después de sostener relaciones sexuales con él, la joven fue a lavarse al baño de la casa de Goyo, instante que él aprovechó para estrangularla con un cordón. Una vez muerta, Goyo llevó el cadáver al patio y allí la enterró.
La pala con la que enterró a sus víctimas

Video que muestra la casa en la calle Mar del Norte
A sus veintisiete años, Goyo estudiaba Ciencias Químicas; era un alumno tímido y esmirriado, que utilizaba gruesos lentes. Pero eso no le impidió obtener una beca de PEMEX, que le permitió continuar sus estudios. Independizado de la sombra de su progenitora, Goyo rentó una casa en la calle Mar del Norte nº 20, en Tacuba, cerca del Centro Histórico de la Ciudad de México. Allí vivía cuando la noche de 15 de agosto de 1942, a bordo de su automóvil Ford, recogió en la calle a una prostituta de dieciséis años llamada María de los Ángeles González, alias “Bertha”, a quien llevó a su domicilio. Hacia las 23:00 horas, y después de sostener relaciones sexuales con él, la joven fue a lavarse al baño de la casa de Goyo, instante que él aprovechó para estrangularla con un cordón. Una vez muerta, Goyo llevó el cadáver al patio y allí la enterró.
La pala con la que enterró a sus víctimas

Ocho días después, la madrugada del 23 de agosto, Goyo salió de cacería otra vez. En esta ocasión, la prostituta elegida tenía catorce años y se llamaba Raquel Rodríguez León. A ella le sorprendió que su cliente tuviera una amplia biblioteca en su casa. De hecho, tras llevarse a cabo el acto sexual, Raquel se dedicó a mirar algunos de los libros de Goyo. En eso estaba cuando él la atacó con el mismo cordón. A las cinco de la mañana, Raquel ocupaba otro sitio en el patio de la casa de Mar del Norte.
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Los lapsos se iban acortando. Goyo esperó solamente seis días antes de ir, la noche del 29 de agosto, a buscar una nueva compañía femenina. La encontró en Rosa Reyes Quiróz, otra menor de edad que no llegó a acostarse con él. Para entonces, Goyo había descuidado su entorno: su laboratorio estaba en desorden, los libros fuera de su lugar, había ropa sucia por todas partes y el polvo empezaba a acumularse en todos lados. Esto provocó cierta desconfianza en Rosa, quien se dirigió al laboratorio para curiosear sobre su cliente. Allí, mientras veía unos matraces y algunos tubos de ensayo, la atacó Goyo. Rosa presentó resistencia. La lucha fue violenta, pero Goyo triunfó. Sin embargo, la expresión de horror en el rostro de Rosa lo impresionó. Turbado, cavó de inmediato la fosa correspondiente. Se dio cuenta de que ya no quedaba mucho espacio en el patio, así que la amarró de pies y manos. A las cuatro de la mañana concluía su faena.
Mapa de los crímenes
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El último crimen ocurrió cuatro días después, el 2 de septiembre. Goyo cortejaba constantemente a una chica llamada Graciela Arias Ávalos, estudiante del bachillerato de Ciencias Químicas de la UNAM, quien aceptaba su amistad. Graciela era una alumna modelo y su padre, un conocidísimo abogado penalista, Miguel Arias Córdoba. Ese día, Graciela esperó a Goyo afuera de la Escuela Nacional Preparatoria. Goyo pasó por ella en su auto, supuestamente para llevarla a su casa, ubicada en Tacubaya nº 63. Goyo así lo hizo; al llegar afuera de la casa de la chica, y aún dentro del auto, le habló de su amor por ella. Graciela lo rechazó, y entonces él intentó besarla a la fuerza. Ella le dio una bofetada y entonces Goyo, iracundo, arrancó de un tirón la manija del automóvil y comenzó a golpear a Graciela en la cabeza hasta que la mató. La sangre empapaba su larga cabellera. Goyo condujo hasta su propia casa. Bajó el cadáver, lo puso sobre el catre donde dormía, lo envolvió en una sábana y, ya en la madrugada del 3 de septiembre, lo enterró.
Los cadáveres en Mar del Norte
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Para el siete de septiembre, a petición expresa de su hijo, la madre de Goyo lo internó en el Hospital Psiquiátrico del Dr. Oneto Barenque, ubicado en la calle Primavera, en Tacubaya. Adujo que él “había perdido completamente la razón”. Allí acudió, el 8 de septiembre, el subjefe del Servicio Secreto, Simón Estrada Iglesias, para interrogarlo sobre la desaparición de Graciela Arias. Como respuesta, Goyo le mostró unos pedazos de gis y le dijo que eran pastillas “para volverse invisible”. El investigador recrudeció su interrogatorio y finalmente Goyo se derrumbó: confesó que había matado a la chica y que la había enterrado en el patio de su casa.
Goyo tras su arresto
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A las 3 de la tarde de ese día, la policía, acompañada de Goyo, entró a la casa de Mar del Norte; de inmediato vieron un pie podrido que sobresalía del suelo. Excavaron y hallaron los cuatro cadáveres. Goyo los iba guiando. En su carto de estudio, los investigadores hallaron un Diario, escrito de puño y letra de Goyo que decía:
“El 2 de septiembre se consumó la muerte de Gracielita. Yo tengo la culpa de ello, yo la maté, he tenido que echarme la responsabilidad que me corresponde, así como las de otras personas desconocidas para mí. Ocultaba los cadáveres de las víctimas porque en cada caso tenía la conciencia de haber cometido un delito”.
Ilustración de Rocko
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Pidió entonces una máquina de escribir e hizo él mismo su declaración, la cual parecía una obra policíaca: describía en detalle los asesinatos, pero echaba mano de recursos novelescos y de la jerga periodística de nota roja.
Titular de un periódico de la época

Los medios de comunicación hicieron de él una estrella: todos los días había nuevas notas sobre él. Hubo, sin embargo, huecos en la investigación. Un detalle que se pasa siempre por alto y que consta en el expediente del caso es que, además de a Goyo, la policía detuvo a otro joven como sospechoso y cómplice, hijo de un prominente político de la época, quien terminó huyendo y de quien sólo se asentaron sus iniciales en las actas. Se ignoró además una segunda línea de investigación, que sostenía que Goyo mató a esas chicas para realizar experimentos bioquímicos, pues buscaba una fórmula para obtener la inmortalidad.
Goyo (sin sombrero) ante uno de los cuerpos desenterrados
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El 13 de septiembre, se le dictó auto de formal prisión, y fue recluido en el Palacio Negro de Lecumberri, en el pabellón para enfermos mentales. Sin embargo, sus abogados consiguieron que Goyo fuera trasladado al Manicomio General de La Castañeda, supuestamente para recibir tratamiento. Allí le dieron electrochoques y le inyectaron pentotal sódico para determinar si realmente estaba loco o sólo fingía.
Video sobre Goyo Cárdenas en el Canal 22 de televisión
Inexplicablemente, de pronto Goyo obtuvo múltiples comodidades: empezó a asistir a las clases de Psiquiatría que ofrecía el director del manicomio, entraba a la biblioteca sin problemas, recibía visitas familiares e incluso se iba al cine con algunas amigas. El 25 de diciembre de 1947, cinco años después de entrar allí, Goyo se fugó con otro interno y partió rumbo a Oaxaca; veinte días después fue reaprehendido y alegó que no había escapado, sino que se había ido de vacaciones. El 5 de febrero de 1948, Goyo anotó en su Diario:
“¿No es criminal privar al hombre, que por tristes contingencias de falta de libertad se halla en una celda, de sus contactos con la esposa o la compañera? Como dice Dumas, yo no me preocupo jamás por mi prójimo y no trato de proteger a la sociedad que no se ocupa de mí más que para perjudicarme y, observando la más estricta neutralidad, son la sociedad y mi prójimo quienes me deben agradecimiento”.
El manicomio de La Castañeda

Al frente del caso quedó el célebre criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón. Con el tiempo, Quiroz Cuarón escribiría un libro: El caso de un estrangulador, considerado una obra maestra de la criminalística. Determinó que la encefalitis causó el daño cerebral que convirtió a Goyo en multihomicida. En sus Memorias, dictadas a José Ramón Garmabella, Quiróz Cuarón recuerda cómo él y otros médicos torturaron a Goyo en Lecumberri:
“La primera entrevista profesional que tuvimos con Gregorio ocurrió en agosto de 1943. La actitud del paciente fue atenta y dócil, al paso que su lenguaje era lento y en voz baja. El doctor Gómez Robleda y yo pudimos efectuarle sinnúmero de exploraciones y en cada una de las sesiones encontramos colaboración amplia del sujeto. Su cara se movía con lentitud, dando la apariencia de que todo le era indiferente, aunque a veces, cuando se mostraba preocupado, el contraste surgía por medio de contracciones intensas de los músculos faciales, más pronunciadas del lado izquierdo. Su actitud general correspondía a movimientos lentos que sugerían tranquilidad y, además de los tics, se le notaba un temblor rápido, poco amplio, de los dedos de las manos. El 30 de septiembre de ese 1943, el abogado de Gregorio Cárdenas Hernández solicitó que su defendido se presentara en el juzgado y entonces observamos al homicida en actitud diferente: la mirada ahora era vaga y los rasgos faciales fijos, impasibles, con espasmos frecuentes en rostro y cuello. A nuestras preguntas respondía de modo incoherente y decía no reconocer a las personas. Se veía desorientado y se quejaba, además, de dolores de cabeza. Poco después, en el interior de Lecumberri, el doctor Gómez Robleda y yo lo observamos en una actitud estereotipada, cortés, con amaneramientos en los que a las cosas las llamaba por sus diminutivos. Su característica más notoria era la exhibición de una falsa modestia y sus respuestas a las preguntas pretendían ser sutiles. Respecto a los crímenes cometidos, afirmaba no experimentar remordimiento alguno porque no se sentía culpable de ellos. A pregunta expresa de Emilio Mira y López, colaborador nuestro, escribió: ‘La mayor injusticia que se ha cometido conmigo es que me tengan encerrado y alejado de mis familiares’. El abogado defensor de Gregorio, en su afán por librarlo de una larga condena carcelaria, con la cual pretendía impedir que se le sentenciara bajo la circunstancia de estar afectado de sus facultades mentales, promovió ante el juez que se dictaminara si Gregorio ameritaba atención en un establecimiento especializado. El doctor Gómez Robleda y yo, consultados por el licenciado Espeleta, observamos durante varios días en su celda de Lecumberri al llamado ‘Estrangulador de Tacuba’. Las nuevas observaciones nos permitieron verificar que el procesado dormía la mayor parte del día y se alimentaba escasamente, mientras que cuando se le obligaba a caminar lo hacía con mucha lentitud, en forma titubeante y arrastrando los pies en pequeños pasos; además, descuidaba totalmente su aseo personal. Los tics faciales y en el cuello eran casi permanentes y al mismo tiempo tenía una muy clara inestabilidad arterial, tanto máxima como mínima y el pulso era lento: de 64 por minuto. El diagnóstico que emitimos fue de síndrome confusional y, por consiguiente, sí procedía su traslado a un hospital psiquiátrico para llevar a cabo su observación y tratamiento. A esas alturas, finales de 1943, algo más de un año después de haber cometido los delitos, el sujeto era seguramente el hombre más estudiado de México (…) Fue así como el 10 de noviembre de ese año, Gregorio Cárdenas fue llevado al Manicomio General de la Castañeda, donde recibió un tratamiento de electrochoques que permitió desaparecer rápidamente el estado confusional que padecía (…) El interés mostrado hacia la psiquiatría me hizo intuir que Gregorio lo hacía no tanto para cultivarse, sino más bien con la idea de continuar confundiendo a los especialistas.
El criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón

“La prueba más importante fue la denominada ‘El sueño profundo y la soga’. Lanzarme a la exploración que intentaba era sencillo porque dos peritos anteriores habían utilizado pentotal sódico, después de lo cual concluyeron que el procesado padecía amnesia lagunar respecto a los delitos cometidos, lo que, por cierto, no dejaba de extrañar porque el homicida había escrito libremente en el hospital psiquiátrico del doctor Oneto Barenque, donde había sido capturado por la policía, una relación pormenorizada en la cual enumeraba analíticamente los cuatro asesinatos (…)Éramos acompañados por técnicos, donde mientras unos filmaban la película, otros grababan los sonidos (…) El maestro Alfonso Millán practicó la exploración neurológica en el sueño profundo inducido por el pentotal sódico y todos los presentes pudimos percibir en Cárdenas Hernández un primer periodo de excitación (…) traducido en llanto, risas y mímica facial que denotaba un tipo neurológico personal corto-talámico en una persona que normalmente parecía inexpresiva (…) La exploración neurálgica permitió observar y filmar que los tics faciales del sujeto en el lado derecho desaparecían, al paso que en el lado izquierdo eran todavía más notorios. Ello permitió colegir que se eliminaba la simulación (…) Una vez resuelta la primera incógnita, faltaba el segundo aspecto por aclarar, esto es, la pretendida amnesia lagunar en relación con los delitos, para lo cual se estimuló a Gregorio con los objetos materiales de los homicidios, o sea, la soga que empleó para estrangular a las víctimas y la pala utilizada para cavar las tumbas en el jardín. Debo confesar que jamás asistí, antes o después, a una prueba más dramática. Se procedió primero a golpear con el canto de la pala el borde de la plancha de granito donde se había colocado a Gregorio Cárdenas mientras se le preguntaba si recordaba para qué había servido esa pala. Cárdenas Hernández, entre gritos y llanto, respondió que él la había utilizado para cavar las fosas donde sepultó a sus víctimas; sin embargo, lo más dramático ocurrió cuando se le pasó la soga por el cuello, pues el sujeto, gritando con mayor intensidad (sus gritos podían escucharse a varios metros de distancia del cuarto de exploración) y entre gesticulaciones verdaderamente impresionantes y llanto incontenible, imploraba una y otra vez: ‘Por favor, dejen de martirizarme con esa soga. ¿No ven que con ella estrangulé a las criaturas?’ La prueba permitió concluir que el hombre recordaba a la perfección los detalles de los delitos perpetrados y su pretendida amnesia acerca de ellos era buscada, querida, oportuna, defensiva y simulada”.
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Las autoridades decidieron regresarlo a Lecumberri el 22 de diciembre de 1948. Una vez allí, Goyo memorizó el Código Penal, cursó la carrera de Derecho, se convirtió en litigante, realizaba historietas dibujadas por él mismo donde contaba crímenes famosos, e incluso escribió varios libros, entre ellos Celda 16, Pabellón de locos, Una mente turbulenta y Adiós a Lecumberri. Tocaba el piano que su madre le había regalado, escuchaba ópera, leía poesía, dirigió una revista y comenzó a pintar cuadros. En el penal se casó y tuvo hijos, a quienes mantenía con las ganancias de una tienda de abarrotes que puso dentro de la cárcel. Una vez declaró: “A mí me examinaron como 48 o 50 médicos… unos señalaron esquizofrenia, otros una psicopatía, otros diferentes tipos de epilepsias, otros debilidad mental a nivel profundo. Otros, paranoia. Sí, cómo no”.
Celda 16, uno de los libros escritos por Goyo

Hubo una película pornográfica que circulaba de manera clandestina y trataba sobre las supuestas orgías de Goyo. Aparecieron además varios copycats, que cometían crímenes similares y que nunca fueron atrapados.
Goyo llorando tras su declaración
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En 1976, la familia de Goyo apeló al entonces Presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, quien, al determinar que Goyo era “una celebridad”, terminó por absolverlo. El 8 de septiembre de 1976, “El estrangulador de Tacuba” abandonó la cárcel. Poco tiempo después, mientras Mario Moya Palencia era Secretario de Gobernación, el Congreso de la Unión invitó a Goyo a asistir a la Cámara de Diputados, donde se le brindó un merecidísimo homenaje. Goyo hizo uso de la Tribuna para hablar sobre su vida. Los diputados priístas aplaudieron de pie al primer serial killer nacional, y en sus discursos lo calificaron como “un gran ejemplo” para los mexicanos y “un claro caso de rehabilitación”.
La cárcel de Lecumberri
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En sus Memorias, Quiróz Cuarón recuerda sus posteriores encuentros con Goyo:
“Una vez entregado el dictamen, dejé de visitar metódicamente a Gregorio Cárdenas, si bien tuve la oportunidad de encontrarme con él durante algunas ocasiones que ahora relato. El primer encuentro sucedió cuando un juez decidió cambiar su sitio en el juzgado que presidía por la celda carcelaria al disponer de las fianzas que en efectivo depositaban los procesados. Fue por aquellos días cuando en la penitenciaría de Lecumberri se construyó un pabellón supuestamente para reclusos tuberculosos, cuando lo cierto es que la mayoría de sus huéspedes eran enfermos mentales. Cárdenas Hernández, por una de esas situaciones surrealistas que con frecuencia ocurren en México, fue nombrado encargado de esa zona del penal (…) Fue también por aquellos días (…) cuando Gregorio Cárdenas se fabricó gratuitamente la leyenda de que había estudiado derecho dentro de la penitenciaría, cuando la verdad fue que aquel juez infractor le enseñó la redacción de escritos para promociones, lo cual le permitió lograr la libertad para varios reclusos que esperaban sentencia y cuyos delitos ameritaban menor tiempo del que tenían encarcelados (…) El segundo encuentro ocurrió cuando pasado el tiempo, ya desaparecido el pabellón mencionado y la enfermería ascendida a hospital de concentración, fui invitado por el personal médico a sustentar una plática. Gregorio Cárdenas Hernández, quien se encontraba entre los pacientes del hospital, fue uno de los asistentes y, una vez concluido el acto, tuvo la gentileza de obsequiarme dos de sus libros y presentarme a uno de sus hijos que lo acompañaba ese día. La tercera vez que vi a Gregorio, ya en libertad, fue en la sala de ingreso del Reclusorio Norte. No obstante que trató de rehuirme cuando se percató de que yo caminaba hacia él, pude de todas maneras abordarlo y charlar brevemente. A pesar de que me ofrecí desinteresadamente a ayudarlo en lo que necesitara, me respondió de forma cortés que no podía serle útil en nada.
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“Hubo un cuarto encuentro al que llamo afortunadamente fallido para mí y fue cuando dentro del mismo recinto nuestros nombres fueron mencionados: ello sucedió en la Cámara de Diputados durante la comparecencia que tuvo el licenciado Mario Moya Palencia, por esos días Secretario de Gobernación. A pesar de que recibí oportunamente la atenta invitación para asistir al acto, recuerdo que ese día tuve actividades en el Hospital Fray Bernardino Álvarez que se prolongaron más de lo previsto. Aun así, por medio de amigos que asistieron, pude enterarme de que hubo una honrosa mención sobre mis labores desempeñadas hasta ese momento y de que en un palco, entre el público, había estado Gregorio Cárdenas Hernández, quien al ser descubierto por algunos diputados recibió una gran ovación. He dicho que por fortuna no asistí a ese acto porque, de haberlo hecho, habría sin duda pasado muy mal rato quedando como el villano de la película cuando los diputados, puestos de pie, como si se tratara de un héroe, ovacionaron de esa manera a Cárdenas Hernández, al que yo había contribuido, mediante los exámenes realizados, a que permaneciera recluido por espacio de casi treinta años. Sin embargo, lo cierto, por una parte, es que él mismo, con una defensa errónea, provocó ese encierro tan prolongado. A Gregorio Cárdenas Hernández y a su abogado defensor se les olvidó que el Código Penal vigente en 1942 contemplaba que si a un procesado se le declaraba enfermo mental y, por lo tanto, inhabilitado para ser procesado, se le recluía de por vida en el pabellón psiquiátrico de Lecumberri. Si Gregorio, en vez de su empeño por hacerse pasar como afectado de sus facultades mentales y tratar de engañar a los especialistas, hubiera afrontado el proceso, habría con seguridad permanecido en la cárcel sólo veinte años, que era la pena máxima establecida por aquellos días”.
El Palacio Negro de Lecumberri
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Después, Goyo inauguró una exposición de sus pinturas en una galería de la capital mexicana, y recibió favorables críticas, vendiendo todos sus cuadros a altísimos precios. Abrió además un despacho y se dedicó a litigar. Se hizo una radionovela sobre su vida, que tuvo altísimos niveles de audiencia. Incluso, llegó a hablarse en su momento de erigir una estatua con su efigie en la Ciudad de México.
Revista semanal publicada por Goyo

Cuando el escritor Víctor Hugo Rascón Banda montó la obra teatral El estrangulador de Tacuba, protagonizada por Sergio Bustamante, Goyo asistió a los ensayos y desde las butacas ayudó al director a corregir algunos detalles. Sin embargo, terminó distanciándose, molesto por el tratamiento dado al caso, y demandó al director de la SOGEM por plagio, alegando que los derechos sobre la historia de sus crímenes le pertenecían a él. Goyo registró ante Derechos de Autor la narración de su caso. Sin embargo, tras un peritaje de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, perdió la demanda. Años después, su vida se llevó al celuloide en el documental Goyo, un macabro tributo exhibido en la Muestra Internacional de Cine. Además, el caso de Goyo se estudia desde hace décadas en Criminología y en la carrera de Derecho, en la UNAM.
Texto publicado por Goyo Cárdenas, con un retrato suyo

Goyo Cárdenas murió el 2 de agosto de 1999 en Los Ángeles, California, y se convirtió de esa manera en el asesino serial más surrealista de la Historia. El pueblo le hizo canciones, hubo estampitas con su imagen, y fue idolatrado por la gente, que aún recuerda su nombre y obras. Ha sido además el único homicida que fue becado por una compañía petrolera, aguantó 34 años en prisión, estudió Química, Psiquiatría y Derecho, fue absuelto por el presidente de su país, hizo carrera de abogado al salir de la cárcel, protagonizó docenas de libros escritos por especialistas, se dedicó a la literatura y la pintura triunfando, colaboró en una obra teatral sobre sus crímenes, tuvo su propia radionovela y su película de culto en la Muestra de Cine, registró su caso para cobrar derechos, y además recibió un homenaje en la Cámara de su país, siendo señalado además como ejemplo para sus conciudadanos tras asesinar a cuatro jovencitas. Citando aquella canción de Alberto Cortez: “¡Qué maravilla, Goyo, qué maravilla!”. En ningún país del mundo ocurriría algo similar. Sólo Goyo, nuestro mexicanísimo Goyo, podía conseguirlo.
FILMOGRAFÍA:

LOS INFANTICIDAS DE ESPAÑA
Como una forma de controlar a los hijos, los padres se han valido siempre de seres ficticios que encarnan a crueles castigadores si los infantes se portan mal. Personajes como el Coco, Don Marrubio, los Robachicos, los Tommyknockers, las Gitanas o Zíngaras, el Boogeyman, el Tío Saín y el Hombre del Saco que, en algunos casos, fueron personas reales que pasaron a convertirse en arquetipos del mal gracias a sus siniestros crímenes.
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Europa se vio siempre atemorizada por los “Hombres Lobo”, licántropos que devoraban carne humana cuando se transformaban en monstruos por el influjo de la luna llena. En España, la figura de “El Sacamantecas”, un despiadado asesino que extrae la grasa de sus víctimas para luego venderla, se hizo muy popular en el siglo XIX. La llegada del ferrocarril a la península ibérica, aunada a unas extrañas desapariciones de niños, llevaron incluso a hacer pensar a la asustadiza y supersticiosa población que la grasa utilizada para el mantenimiento de aquellos monstruos de metal era la de los chicos desaparecidos. Otra era la de “El Hombre del Saco”, que raptaba a los niños que se portaban mal y los transportaba en un costal, llevándolos hacia un castigo ignoto, del que nadie se atrevía a hablar, y que por omisión causaba aún más terror entre los niños. Y, finalmente, “Las Vampiras”, mujeres que se dedicaban a raptar a niños para extraer su sangre, su grasa y el tuétano de sus huesos, además de usar sus cabellos para rellenar almohadas y hacer pelucas.
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Sin embargo, cuatro casos conmovieron a la opinión pública cuando la ficción dio paso a una aterradora realidad. Cuatro crímenes mostraron que a veces las leyendas trascienden los límites de la imaginación y se enclavan en lo verdadero; todos ocurrieron en España, entre el siglo XIX y principios del siglo XX.
Manuel Blanco Romasanta: “El Hombre Lobo de Allariz”
Nació el 18 de noviembre de 1809, en la aldea ourensana de Regueiro. En un principio, su acta de nacimiento decía “Manuela”, ya que se pensó que era una niña.
Era sastre, pero su vida cambió radicalmente cuando quedó viudo. A partir de entonces se dedicó a la venta ambulante. Los primeros años se movió por la zona y más tarde abarcó todo el Reino de Galicia. Todos los lugareños le señalaban como vendedor de unto o grasa humana. Por su fama asesina, llegó a ser acusado del asesinato de un alguacil. Juzgado y condenado, se escapó a un refugio en un pequeño pueblo abandonado llamado Ermida.
En vista de que estaba prófugo, comenzó una serie de asesinatos utilizando todo tipo de estrategias. Fue capturado en Nombela (Toledo) y juzgado en Allariz. Su proceso judicial todavia se conserva en el archivo historico del Reino de Galicia: “Causa 1788, del Hombre Lobo”. Reconoció que había matado a nueve personas a sangre fría. Según dicen los expedientes judiciales de la época, “usaba sus manos y sus dientes para asesinar a sus víctimas, comiéndose los restos”.
A causa del tipo de heridas sufridas por las víctimas, se consideró que padecía licantropía, es decir, era un hombre que se transformaba en lobo, ya que las heridas eran como dentadas de los colmillos de uno de estos cánidos.
Él mismo aseguró que había sido víctima de una maldición cuando era adolescente, y que tuvo alucinaciones en las que se veía rodeado de lobos después de sus asesinatos. Segun sus propias palabras:
“Por culpa de la maldición de uno de mis parientes, tal vez mis padres, me convertía en lobo, desnudándome primero y revolcándome después por el suelo hasta tomar dicha forma… pero la maldición terminará el día de San Pedro, cuando se hayan cumplido trece años desde mi primera metamorfosis…”
Fue condenado a muerte, aunque la reina rebajó su pena a cadena perpetua para poder investigarle a fondo y descubrir la veracidad de sus palabras. Ingresó en prisión en 1854. Sin embargo, cuando los investigadores llegaron a la celda de Romasanta, la encontraron vacía. Después nada se supo de él, pero dio origen a una leyenda negra.
Juan Díaz de Garayo: “El Sacamantecas”
El segundo caso fue el de Juan Díaz de Garayo y Argandoña, quien terminó siendo conocido como “El Sacamantecas”. Era un campesino, un labrador que se convirtió en el asesino en serie más importante de España en el siglo XIX.
Díaz de Garayo vivió en la provincia de Álava durante la segunda mitad del siglo XIX y cometió seis crímenes entre 1870 y 1879, todos ellos contra mujeres. Descrito como un ser amorfo y desproporcionado, con un enorme cráneo y una nariz aguileña, Garayo se convirtió en la pesadilla de toda una región tras sus primeros asesinatos. Nadie dormía tranquilo pensando en los ataques de un personaje que, según cuentan las crónicas, aparecía y desaparecía entre las sombras con una pasmosa facilidad.
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La primera víctima, prostituta de profesión, murió asfixiada entre las garras del asesino; fue violada post mortem y destripada. La segunda, habiendo pasado más de un año, sufrió de espantosas torturas antes de ser asesinada. La tercera desafortunada fue una niña de trece años, a la que Garayo condujo hasta un bosque para darle muerte y posteriormente violar su cadáver, tras lo cual le extrajo la grasa del cuerpo. La cuarta fue otra prostituta a la que clavó un punzón repetidas veces en el pecho para, posteriormente, hacerla correr la misma suerte que a sus otras victimas.
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El quinto y el sexto asesinato llegarían casi juntos, siendo los más brutales. Basados en la escena del crimen, los policías aseguraban que el mismo asesino huyó asqueado por lo que había hecho: Garayo extrajo otra vez la grasa de dos niñas para utilizarlo como combustible y como ingrediente de cocina. De inmediato, la gente aseguró que se trataba del criminal utilizado para asustar a los niños; fue así como se le empezó a conocer como “El Sacamantecas”. Por cierto, en los expedientes del caso se conservan numerosos testimonios de mujeres y niñas asaltadas que pudieron zafarse en el último instante.
El Garrote Vil donde Garayo fue ajusticiado
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Un hecho insólito fue el que permitió dar fin a semejante carnicería. Garayo se derrumbó ante una niña que, sin haberle visto jamás y horrorizada ante su aspecto, exclamó que bien podría ser “El Sacamantecas”. Cuando confesó sus crímenes, se mostró horrorizado ante todos ellos y alegó haber actuado a instancias del mismo Diablo, quien, aseguraba, se le había aparecido en su cuarto poco antes del primer crimen. Juan Díaz de Garayo fue declarado responsable de sus actos y ajusticiado en el garrote vil; pero su siniestra sombra se alarga hasta la fecha, cuando aún las madres españolas siguen haciendo uso de “El Sacamantecas” para asustar a sus hijos.
Francisco Leona: “El Hombre del Saco”
El tercer caso dio lugar a uno de los mayores mitos de España. Ocurrió en Gádor, Almería, a principios del siglo XX. El infanticidio estaba íntimamente relacionado con las prácticas del curanderismo, mismo que propiciaba el vampirismo y la utilización de sangre joven como método seguro para recuperar la salud y el vigor, perdidos por la enfermedad o la vejez. Esta vez, el asesino fue Francisco Leona, a quien se conoció como “El Hombre del Saco”.
En esos tiempos, Francisco Ortega “El Moruno”, un agricultor de 55 años, estaba afectado por la tuberculosis; era un hombre inculto, primitivo e hipocondríaco. Cuando se sintió enfermo acudió a la curandera Agustina Rodríguez, de 56 años.
Francisco Ortega, el enfermo de tuberculosis
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Ante la incapacidad de Agustina para mejorar su salud, ésta le puso en contacto con Francisco Leona, y a él se le ocurrió asesinar a un niño, porque estimó que cuanto más difícil, complejo y monstruoso fuese el remedio, más dinero estaría dispuesto a pagar el enfermo. Así que se reunieron Francisco Leona, el tuberculoso Francisco Ortega y la curandera Agustina. Tras asegurarle a Ortega que su enfermedad era mortal, le comunicó que él tenía el remedio:
“Es necesario que te bebas la sangre de un niño robusto y sano; pero la sangre tiene que estar caliente, según vaya brotando… y luego tendrás que ponerte sus mantecas en el pecho como una cataplasma.”
El 28 de junio de 1910, los padres de Bernardo González Parra, un niño de siete años, notaron su ausencia e inmediatamente comenzaron a buscarlo; recorrieron los alrededores preguntando a los labradores que regresaban del campo, pero no encontraron nada. Siguieron la búsqueda hasta bien entrada la madrugada, cuando los padres, ante el resultado negativo de la búsqueda, decidieron dar conocimiento del hecho a la Guardia Civil.
Al chico lo raptó Julio Hernández “El Tonto”, quien era hijo de la curandera. Metió al niño en un saco para transportarlo, asustándolo mientras le decía que él era “El Hombre del Saco” legendario, que se había portado mal y él iba a castigarlo llevándoselo. El chico se aterrorizó ante la llegada del monstruo con el cual lo asustaban sus padres y no opuso resistencia.
Una vez raptado el niño, se lo llevaron a Agustina. Un hijo de la curandera, José, fue a avisar al enfermo. Elena Amate, la mujer de José, preparaba la cena tranquilamente.
La curandera Agustina Rodríguez
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Estando ya todo el mundo en la casa, Julio “El Tonto”, el secuestrador, sacó al niño del saco. Agustina le sostenía los brazos, levantándole el derecho para que Leona pudiera realizarle un corte en la axila que serviría para desangrarse. La sangre comenzó a caer abundantemente en un vaso que la curandera sostenía; luego le añadió dos cucharadas de azúcar y se la dio de beber al enfermo Francisco Ortega, quien se la bebía repitiendo entre trago y trago: “mi vida es antes que Dios”.
Tras esto, Francisco Leona vendó el brazo del niño para detener la hemorragia y acompañado por Julio Hernández “El Tonto”, otra vez introdujeron en el saco al pequeño, quien aún estaba vivo, y lo llevaron a Las Pocicas, un solitario lugar donde le machacaron la cabeza con una piedra. El niño tardó mucho en morir. Una vez muerto, le abrieron el vientre extrayéndole la grasa y el epiplón, envolviéndolo en un pañuelo. Luego metieron el cuerpo en una grieta en la tierra y lo taparon con hierbajos y piedras.
El sitio del crimen
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El cadáver de Bernardo fue hallado en un barranco, a unos cinco kilómetros de Gádor, en el paraje de Las Pocicas. Estaba boca abajo, ensangrentado, aún cubierto con piedras y matorrales arrancados de los alrededores. Cerca estaba el saco donde habían trasladado al niño. La autopsia reveló lo siguiente:
“En el vientre existía una herida de bordes limpios debida a arma cortante, que empezando más arriba de la boca del estómago, terminaba en el pubis. Los intestinos aparecían al exterior y estaban cortados por el duodeno, como a tres centímetros de su salida del estómago, y por el recto. Todo el colón ascendente, transversal y descendente, apareció en absoluto desprovisto de epiplón y grasa. Falta todo el peritoneo, del cual no aparecen ni vestigios. El hígado está íntegro, así como el diafragma y todas las vísceras de la cavidad pectoral, razón por la que se deduce que el niño murió a consecuencia de las lesiones causadas en la cabeza, y que después de su muerte le fue abierto el vientre”.
Los titulares sobre el caso de “El Hombre del Saco”
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La muerte fue producida por los golpes en la cabeza pero, ¿para qué se le había extraído la sangre y la grasa del vientre? La gente se horrorizó: la sombra de “El Sacamantecas” aparecía de nuevo y, para colmo, esta vez acompañado de “El Hombre del Saco”. Era una historia deliciosa, así que los medios se hicieron eco de ella.
El hallazgo del cadáver
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La Guardia Civil detuvo a Francisco Leona y a Julio Hernández “El Tonto” como sospechosos por el crimen. Fueron conducidos a la cárcel de Almería y sometidos a interrogatorios tras los cuales, Francisco Leona confesó ser culpable y Julio Hernández “El Tonto” aceptó ser el cómplice del asesinato de Bernardo. La reconstrucción del crimen no resultó fácil, pero al final de varias sesiones se pudo saber toda la verdad. Tras la reconstrucción del asesinato, se descubrió que al niño le extrajeron la sangre para que Ortega la bebiera aún caliente, y la grasa le sirvió de emplasto con el fin de combatir sus males.
La mano de Francisco Leona, “El Hombre del Saco”
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Francisco Leona fue condenado a la pena máxima por garrote vil, pero murió en la cárcel antes de que ésta fuera ejecutada. Francisco Ortega (el enfermo), Agustina Rodríguez (la curandera) y su hijo Julio Hernández “El Tonto”, fueron condenados también al garrote vil. José, el otro hijo de Agustina, fue condenado a diecisiete años de cárcel y su mujer Elena Amate fue absuelta.
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Gracias a los informes psiquiátricos, Julio Hernández “El Tonto”, quien puso a la Guardia Civil tras la pista de Leona por su resentimiento debido a que no le pagaron las cincuenta pesetas que le prometieron por participar en el asesinato, fue indultado.
Periódico de la época hablando sobre “El crimen de Gador”
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Enriqueta Martí: “La Vampira de Barcelona”
El cuarto y último caso es, quizás, el más aterrador. Fue obra de una mujer: su nombre era Enriqueta Martí y sembró de horror la Barcelona de 1912. Secuestraba, prostituía y asesinaba a niños para extraerles la sangre, la grasa y el tuétano de los huesos, y elaborar pócimas que sus clientes consideraban mágicas.
Tras el nombre de Enriqueta Martí se esconde una de las personalidades criminales más feroces de la historia negra de España. Secuestradora, prostituta, alcahueta, falsificadora, corruptora de menores, pederasta, supuesta bruja y asesina, son algunas de las actividades que ejerció durante su vida esa mujer, a la que la opinión pública y los medios de comunicación bautizaron como “La Vampira de Barcelona”.
Video sobre Enriqueta Martí, “La Vampira de Barcelona” (en español)
El 10 de febrero de 1912, desapareció en Barcelona una niña de cinco años llamada Teresita Guitart. Ya era casi de noche cuando Ana, la madre de Teresita, se había detenido en la puerta de su domicilio a charlar con una vecina y le soltó la mano a su hija pensando que subiría sola hasta el piso. Pero no fue así. Cuando el marido vio llegar a su esposa sin Teresita, preguntó extrañado: “¿Y la nena?”. La buena mujer lanzó un grito y bajó corriendo a la calle, pero ya era demasiado tarde, no había rastro de la niña. Lo que había ocurrido era que Teresita, en lugar de subir a su casa, se alejó un poco y de repente sintió que una mano cogía la suya y que una mujer extraña le decía con acento mimoso: “Ven, bonita, ven, que tengo dulces para ti”. La pequeña se dejó llevar un trecho, pero al ver que se alejaba demasiado de donde estaba su madre, se soltó y trató de regresar. Pero la desconocida desplegó un trapo negro con el que cubrió por completo a la niña, la agarró en brazos para ahogar sus gritos y se perdió con su presa.
Los titulares sobre el secuestro
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La prensa tomó el caso y le dio amplia cobertura. El gobernador civil trataba de convencer a todos de que era “completamente falso el rumor que se está extendiendo por Barcelona acerca de la desaparición, durante los últimos meses, de niños y niñas de corta edad que, según las habladurías populacheras, habrían sido secuestrados”. Pero el rumor era cierto. Todos los esfuerzos policiales resultaron nulos, pero una vecina descubrió el paradero de la niña desaparecida. Su nombre era Claudina Elías, y un buen día se fijó en la cara de una niña que la miraba a través de los sucios cristales de una ventana. Le pareció que su expresión era implorante. Allí vivía una mujer con un niño y una niña, pero el rostro de aquella criatura de cabeza rapada no le resultaba familiar. Se lo comentó a un colchonero y éste se lo hizo saber al policía municipal José Asens, quien se lo comunicó a su jefe, el brigada Ribot. Así que a primera hora de la mañana del 27 de febrero de 1912, Ribot se presentó en el entresuelo 1ª del número 29 de la calle de Ponent. Con la falsa excusa de que iba a inspeccionar una denuncia sobre la pertenencia de “gallinas” en aquel domicilio, Ribot entró y se topó con dos niñas de corta edad.
La prensa se hizo eco del caso
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La secuestradora fue identificada como Enriqueta Martí Ripollés, de 43 años y con antecedentes por corrupción de menores. Ella misma se prostituía antes de cumplir 20 años, desde el día en que se dio cuenta de que siendo criada no llegaría a ninguna parte. Un día se casó con un pintor fracasado, Juan Pujaló, un tipo que se alimentaba de alpiste como los pájaros, porque lo había aprendido en un manual de naturismo. Diez años duró la relación, aunque hasta seis veces se separaron en este periodo. La última y definitiva había sido cinco años antes. Había sido detenida en 1909, cuando descubrieron que tenía un prostíbulo integrado por menores de ambos sexos, cuyas edades iban desde los 5 hasta los 16 años. Librada de ese asunto por la intercesión de alguien muy poderoso, Enriqueta Martí, a pesar de que no tenía problemas económicos, solía mendigar y acudía todas las mañanas a centros de acogida, conventos, parroquias y asilos, pidiendo limosna y comida. A media tarde salía de su casa elegantemente vestida con sedas y terciopelos, y tocada la cabeza con pelucas y sombreros.
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La declaración de una de las niñas, Angelita, fue sobrecogedora. Ella conoció a Pepito, un niño rubio de su misma edad con el que solía jugar hasta que un día presenció un hecho sobrecogedor:
“Mamá no se dio cuenta de que yo la vi cómo cogía a Pepito, lo ponía sobre la mesa del comedor y lo mataba con un cuchillo. Yo me fui a mi cama y me hice la dormida”.
Pepito, una de las víctimas de Enriqueta Martí
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Tanto impresionaron al pueblo de Barcelona las declaraciones de las dos pequeñas que se abrieron suscripciones populares para abrirles una libreta de la Caja de Ahorros y hasta fueron presentadas en público. En el Teatro Tívoli, por ejemplo, se celebró una función en su honor y en los carteles se decía: “Teresita y Angelita asistirán a la representación desde un palco”.
Niña asesinada por Enriqueta Martí
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Cuando el juez ordenó el registro de la casa de Enriqueta Martí, inició la pesadilla. Los del juzgado se quedaron atónitos cuando entre aquellas habitaciones sórdidas y malolientes descubrieron un suntuoso salón amueblado con gusto exquisito. El mobiliario, las lámparas, el cortinaje, las butacas y los sofás costaban una fortuna. En un armario colgaban dos trajecitos de niño y otros dos de niña; había medias de seda y zapatitos a juego con los trajes. También fueron encontrados las pelucas rizadas y los finos trajes de confección que Enriqueta vestía en sus misteriosas salidas.
Otra de las víctimas
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Un paquete de cartas llamó la atención de los funcionarios. La mayoría estaban escritas en lenguaje cifrado, y abundaban en ellas las contraseñas y las firmas con iniciales. Apareció también una lista, una relación de nombres, que daría mucho de que hablar a la opinión pública. En la cocina encontraron un saco del que habían hablado las dos niñas: contenía un trajecito de niño y un cuchillo ensangrentados.
En otra habitación descubrieron un saco de lona, aparentemente lleno de ropa sucia y vieja, pero en cuyo fondo había huesos de niños. Se contaron costillas, clavículas, rótulas, que los expertos identificaron como pertenecientes a treinta niños diferentes. Todos tenían señales de haber sido expuestos al fuego, lo que, según los médicos, hacía suponer que los niños habían sido sacrificados para extraer grasa de sus cuerpos.
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Tras un armario descubrieron la cabellera rubia de una niña de unos tres años, aún con el cuero cabelludo, trozos de carne y sangre seca. La macabra expedición concluyó en una habitación cuya cerradura tuvieron que forzar y en la que aparecieron medio centenar de frascos, rellenos unos de sangre coagulada, otros de grasa humana, y el resto con sustancias que fueron enviadas a un laboratorio para su análisis. Junto a las pócimas había un libro antiquísimo con tapas de pergamino, que contenía fórmulas extrañas y misteriosas. Y también un cuaderno grande lleno de recetas de curandero para toda clase de enfermedades, escritas a mano, en catalán y con letra refinada.
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Ante las abrumadoras pruebas, Enriqueta reconoció que era curandera y que vendía filtros y ungüentos. “Confecciono remedios utilizando determinadas partes del cuerpo humano”. Y, de forma repentina, vociferó: “¡Que registren el piso! ¡Que piquen bien las paredes y encontrarán algo! Como sé que me subirán al patíbulo, quiero que conmigo suban los demás culpables”.
Retrato de Enriqueta Martí con la cabellera de una niña muerta en su mano
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A nadie escapaba que tras los crímenes de Enriqueta Martí tenía que haber personas con suficientes recursos económicos para satisfacer sus perversiones. En la famosa lista de nombres hallada en la calle de Poniente, una lista de la que todo el mundo hablaba pero nadie conocía, había una relación de nombres y domicilios en la que, se rumoreaba, figuraban médicos, abogados, comerciantes, algún escritor, políticos y otras personalidades.
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Fueron registrados también los otros domicilios que Enriqueta Martí poseía. El resultado fue aterrador: en un piso de la calle de Picalqués se halló un falso tabique que ocultaba un hueco en el que aparecieron más huesos, entre ellos varias manos de niño. Una crónica de la época afirma que “con los huesos fue encontrado un calcetín de niño que debió de pertenecer a un hijo de familia muy humilde, porque está zurcido y añadido desde su mitad con hilo de otro color”. En una casa de la calle de Tallers hallaron huesos y dos cabelleras rubias de niñas de corta edad.
En una torre de Sant Feliu de Llobregat aparecieron libros de recetas y nuevos frascos con sustancias desconocidas. Y finalmente, en el patio de una casa de la calle de los Jocs Florals de Sants, descubrieron el cráneo de un niño de unos tres años, que todavía presentaba adheridos a la piel algunos cabellos y una serie de huesos que los forenses reconocieron como pertenecientes a tres niños de tres, seis y ocho años.
La colección de niños muertos de “La Vampira de Barcelona”
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Docenas fueron las criaturas identificadas como víctimas de Enriqueta Martí que se incluyeron en el sumario. Los periódicos escribieron frases como: “Esos huesos hablan de crímenes bárbaros, y esos emplastos y esas curas, de supercherías medioevales”. Y Millán Astray, jefe superior de policía, definió a la Martí como “una neurótica que se creía curandera, un caso de bruja antigua que hubiera sido quemada viva en la hoguera”.
Durante los meses siguientes, las noticias sobre el caso aparecieron diariamente en los periódicos. Enriqueta Martí había sido encarcelada y la vigilancia sobre ella era constante, ya que había intentado suicidarse contándose las venas en su celda.
Meses después se supo que Enriqueta Martí había fallecido en el patio de la cárcel linchada por sus compañeras presas. Se especuló que antes de ser golpeada ya estaba muerta, envenenada por encargo de alguien interesado en su desaparición. Nada se pudo probar. Lo único cierto es que nunca llegó a celebrarse el juicio, que los nombres de las personas que figuraban en sus lista nunca fueron publicados y que Enriqueta Martí se convirtió en un mito.
Todos estos casos reforzaron la leyenda de los monstruosos seres: “El Sacamantecas” y “El Hombre del Saco”, y alimentaron la imaginación febril de cientos de niños asustadizos.
BIBLIOGRAFÍA:

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