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Con mi revolver en el Ferry

Tenía que llover. A las 06.30 a.m. del pasado martes, el cielo se está desplomando sobre el aún oscuro amanecer de Palma de Mallorca. La circulación en el Paseo Marítimo es fluida, aunque a los motoristas un poco salvajes siempre nos lo parece. Una capa y unos pantalones de plástico me aíslan del agua, de momento. En el cofre de la moto, dentro de una mochila, un revólver de 38 mm viaja también todavía seco. Destino: el barco de Ibiza. Hace unos días Agustín Pery, director de EL MUNDO de Baleares me llamó por teléfono:

-Enhorabuena, te vas a Ibiza.

-Estupendo.

-Viajarás armado.

-¿Perdón?

-Sí, vamos a demostrar que se pueden pasar armas por los controles del barco, que los etarras pudieron hacerlo y que podrían volver a hacerlo si quisieran y nadie pone remedio. Ánimo, por lo menos podrás pasar unas horas en Ibiza, ir a la playa, esas cosas.

Tenía que llover. A medida que me acerco al Puerto de Palma, el revólver de la mochila parece cobrar vida propia. Me susurra desde debajo del asiento de la moto. Es un revólver de fogueo, tampoco vamos a engañarnos. Otra cosa sería delito. Pero me preocupa bastante lo que le diré a la Guardia Civil si me descubren.

O si me pillan en algún lugar del barco haciéndome fotos con el arma bien visible, para probar que he viajado de Palma a Ibiza, ida y vuelta, con una pistola casi de verdad, porque estoy seguro que en los primeros instantes me tratarán como a un terrorista de verdad. Pero en fin; «el único día fácil fue ayer», dicen los seals (unidad de elite de la marina americana), pienso. «¡Qué gilipollez!», pienso de inmediato.

Martes 15/09/09, 7.00 a.m. En la estación marítima de Palma me piden el billete para darme la tarjeta de embarque. Me piden tambiñen una fotocopia del DNI para hacer el descuento de residente (cosas de sacarse los billetes por Internet). «A eso de las 07.15 ya puede embarcar», me dicen en la ventanilla. Un café, un periódico. La sensación de que todo el mundo me mira.

07.15 a.m. Vamos allá. Entro con la moto en el muelle. Un empleado de la naviera me pide la tarjeta de embarque, aunque no el DNI. Junto a una pared hay aparcado un coche de la Guardia Civil, pero nadie sale. No se ven uniformes. Hago cola con otros coches para subir al barco por la rampa de atrás. Este es el truco. Si viajas a pie has de pasar un arco, como el de los aeropuertos, que detectaría un arma. En coche, moto o bicicleta entras por la bodega, sin más controles que la tarjeta de embarque. Sin registros. ¿Será tan fácil?

07.20 a.m. Lo es. Ni un solo guardia civil a la vista, ¿dónde están? No hay registros aleatorios. Nadie detiene para revisar sus documentos y equipajes a los que se muestran nerviosos y agitados (como yo lo estoy). No veo perros de esos que huelen desde la droga al miedo, pasando por la pólvora de las municiones. Llego a la bodega, subo la moto por la rampa, la aparco junto a una viga, saco la mochila con la pistola y subo una escalera. En cualquier momento sonará un pitido. En cualquier momento me saltarán encima dos guardias civiles armados hasta los dientes. Nada. Me acomodo en una butaca del salón de segunda clase. Aquí Pery no se ha estirado demasiado.

De 08.00 a.m. a 09.0 a.m. El barco zarpa puntualmente. Ahora tengo que hacer una foto que demuestre que EL MUNDO se ha subido a un barco con un arma, aunque sea de fogueo. Pruebo en water. Mala idea, la foto que sale podría haber sido tomada en los cuartos de baño de cualquier bar. Pruebo en la terraza. Mala idea, está llenísimo de gente. ¿Qué pasaría si saco una pistola? En la sala donde se guardan las maletas… Más gente que en ningún sitio. Llevo la pistola en el cinturón, como en las películas. Me sorprendo rascándome la barriga. Una señora que pasaba por allí pone cara de haber visto la culata saliendo de mis pantalones. Pero no se va gritando.

De 09.00 a.m. a 10.00 a.m. Se me acaba de ocurrir una idea. El mar está encrespado. El barco da saltos. La gente se está en sus asientos muy quietecita para evitar el mareo. Ni los empleados de la naviera se mueven mucho. Coloco la pistola de nuevo en la mochila. Me siento en una butaca de una esquina (nadie podría ponerse detrás) y coloco la mochila entre mi asiento y el resto de la sala. Abro la cremallera y enfoco con la cámara. Solo yo veo el revólver. Y de fondo, las piernas de mis vecinas. Disparo… la cámara. La pasajera de enfrente vomita. Un empleado de la compañía se me acerca a grandes zancadas desde el otro lado de la sala. ¡Me han pillado! El empleado me dice: «¡No hagas fotos, hombre, que la gente está vomitando!». Pero ni me mira la cámara, ni me mira la bolsa, ni me dice nada más. Desde donde me ha hablado, si se hubiera fijado hubiera visto el revólver de 38 mm. de fogueo. El empleado se marcha haciendo equilibrios para no caerse. El barco sigue dando saltos. La señora de enfrente ha dejado de vomitar, pero no suelta la bolsa, por si acaso.

10.20 a.m. Llegamos a Ibiza. «¡Señores pasajeros con vehículos a bordo pueden bajar a las bodegas!», dice una voz metálica por el altavoz. En la segunda planta de la bodega aguarda mi moto. Ya más tranquilo, con la misión casi cumplida, le hago fotos para demostrar que he estado ahí. Se me acerca otro empleado de la compañía: «Aquí no se pueden hacer fotos, es por seguridad», me dice a la vez que me señala una serie de carteles que yo no había visto. Acto seguido se da la vuelta y se marcha. Me quedo con las fotos.

10.30 a.m. Baja la rampa. Ya se ven las calles de Ibiza. Los coches y las motos encienden los motores y comenzamos a bajar al muelle. Sobre la plataforma de hormigón hay policías portuarios y guardias civiles. Parecen muy nerviosos. Yo, de inmediato, me contagio de sus nervios. ¿Me estarán esperando? Otra falsa alarma. La razón de la agitación de los funcionarios es que la maniobra del convoy de vehículos que sale del barco es muy compleja y hay que dirigirla con energía para evitar atascos. No es que busquen terroristas ni periodistas listillos. Bajo a tierra. Salgo del puerto, aparco la moto y busco un bar. Esto es Ibiza, a nadie le parecerá demasiado pronto para tomarse un copazo.

De 19.15 p.m. a 23.00 p.m. Es la hora de subir al barco de regreso a Palma. Ha hecho un día de perros. En esta ocasión ya voy más tranquilo. Al entrar en el puerto en la zona restringida a viajeros nadie me pide el DNI. La Policía Portuaria me solicita solo la tarjeta de embarque. La Guardia Civil solo hace acto de presencia en el control de los pasajeros que entran a pie, sin vehículo. En Ibiza la seguridad es incluso menor: ni tan siquiera los que van sin coche o moto pasan por un arco detector de metales.

Antes de subir al barco un empleado de la naviera me pide la tarjeta de embarque. Subo por la rampa, aparco en la bodega, subo a la sala de butacas y como en el viaje de ida, nadie me dice nada. En el circuito de televisión ofrecen la misma película: Australia. El viaje es también muy movido. La gente vomita. Nadie se fija en mi mochila. A la salida estoy ya seguro que cualquier terrorista que viaje en línea marítima regular pude pasar armas o explosivos, si viaja en bicicleta (los ciclistas también se ahorran pasar por el arco), en moto o en coche siempre que le quepan en una mochila o en el maletero del vehículo. Junto a mi moto hay aparcado un camión de gran tamaño. Me asusta pensar las armas que podría llevar ahí dentro.

Jueves, 17/09/09, 07.15 a.m. Alberto Vera, fotógrafo de EL MUNDO de Baleares se pasa por el puerto de Palma para documentar los controles de seguridad, o su ausencia: el arco para los pasajeros peatones, el camino abierto para los que van con su vehículo. Alberto se lleva una sorpresa. Ese día, por una razón que no se explica, nadie pasa por el arco que hay en el primer piso y que franquea la entrada a la pasarela que lleva a la puerta del barco. Ese día todo el mundo arrastra sus maletas por el muelle y entra a pie por la rampa de los coches. No hay controles. Varios policías portuarios vigilan, aunque sin demasiada intensidad. Alberto no ve a ningún guardia civil. Nadie le impide hacer fotos. En las maletas de las personas que suben al barco podría haber cualquier cosa. La leyenda urbana es cierta. Cualquiera podría traerse cualquier cosa en barco o llevársela de las Islas. Cualquier podría incluso viajar con el billete de otra persona, porque nunca se pide el DNI, una vez entregada la tarjeta de embarque. Basta con arriesgarse. Y los terroristas, se arriesgan.

FUENTE: ELMUNDO.ES

  1. TAKELBERRY
    1 octubre 2009 de 07:06

    Es el rollete de siempre, estamos en un país que no tiene la sensación de inseguridad y no cree en la seguridad. No creo en Dios, pero parece ser que la Moreneta nos protege y funciona con pilas duracell.

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