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Bienvenidos al gran supermercado de la droga

Allí estaban el electricista con el tajo en el maletero de la furgoneta, un castigado jubilado de 75 años y su joven acompañante, el motero funcionario que llega de un ministerio, una pareja de veinteañeros en su Mercedes de 30.000 euros; y el hijo descarriado de una familia bien que lleva nueve días sin dormir.

Y junto a ellos sobreviven inmigrantes africanos ‘esclavizados’ por una micra de heroína, los populares ‘machacas’; clanes de la droga protegidos en sus chabolas amuralladas con concertinas; los ‘sin papeles’ que trapichean con el cobre y la gasolina; y cientos de ‘caminantes’ sin nombre con las venas quemadas, que pasan las horas enganchados al ‘caballo’ para trascender del mundo terrenal.

Este no es el guión de un drama de culto como ‘El pico’, la película de los ochenta de Eloy de la Iglesia. Sino una escena diaria en la Cañada Real Galiana: el asentamiento chabolista más gran de Europa –transcurre a lo largo de 14 kilómetros por una antigua vía pecuaria al este de Madrid– y en cuyo corazón abre las 24 horas el mayor hipermercado de la droga del país, que surte a 200 kilómetros a la redonda.

La Cañada tiene unos 7.700 habitantes censados y 2.650 construcciones ilegales. El cogollo central es un espejo del inframundo a solo 20 minutos en coche de la Puerta del Sol de Madrid, junto a la salida 13 de la autovía de Valencia. Un lugar donde las ratas corren entre la basura y los escombros. Donde el humo que anuncia la venta de droga se agarra a la ropa. Y donde los niños, el eslabón más débil de esta cadena involutiva, juegan al balón rodeados de las agujas con las que los toxicómanos se pinchan hasta diez veces al día.

«¿Has visto la serie ‘The Walking Dead’ (Los muertos caminantes)? ¿Y te imaginas a los zombis conviviendo en un espacio tan reducido con los vivos? Pues bien, este poblado es así 365 días al año y multiplicado por tres. Hay que vivirlo para contarlo», resume Quique, un agente de la Policía Municipal de Madrid que dejó el céntrico barrio de Lavapiés para incorporarse a este servicio hace pocas semanas.

El fornido agente, de 29 años, conduce una de las cinco furgonetas y dos vehículos policiales que cada día penetran en la zona caliente de la Cañada: camino Pozuelo, camino Leña, el Gallinero y la Iglesia, el punto habitual de venta de cocaína y heroína.

Paz social

La Unidad Central de Seguridad, grupo de elite de la Policía Municipal, concentra su trabajo en un espacio de unos cuatro kilómetros de los 14 que tiene este poblado marginal. En esa almendra conviven, por orden de entrada, el grupo de los rumanos, los históricos clanes de gitanos, familias trabajadoras de magrebíes, los chamarileros madrileños y ciudadanos asiáticos. «Cada uno atiende su negocio y predomina la paz social. Saben que las rencillas perjudican a todos. Y esta norma no escrita la llevan a rajatabla», asegura el sargento Fausto, jefe del dispositivo policial de ese día.

Fausto es otro de los protagonistas del guión de la Cañada Real. Lleva dos décadas trabajando en el poblado y conoce al dedillo las actividad ilícitas que allí se realizan: tráfico de droga, hurtos de automóviles para el desguace de piezas, sustracción de cobre, compraventa de equipos electrónicos y robos de gasolina.

El sargento sabe de todo y de todos. Cruza el bacheado camino de tierra en su furgoneta ‘Air Force One’, por ser la más equipada de la columna policial. Baja la ventanilla para saludar a la hija del Vareta, uno de los clanes gitanos, y preguntarle por su embarazo. «¿Cómo estás guapa?», le interpela. «Bien, cariño, mira, de cinco meses. Aquí, ya sabes, cuidando a la familia. Cuando tengas un rato te comento unas cosillas», le espeta la joven madre de tres hijos con una sonrisa que ilumina sus dos paletos de oro.

Continúa la marcha y de repente suena la radio. «Equipo uno omega, posibles vehículos robados en la entrada del poblado». «¡Vamos para allá!», responde Fausto. Giro completo y el conductor aprieta el acelerador. Es mediodía en la Cañada Real, un horario propicio para sorprender a los delincuentes, que se vuelven más visibles cuando la presencia policial disminuye, como suele ocurrir en esta franja horaria. «Si el factor sorpresa no existe hemos perdido una parte importante de la operación», reconoce el sargento, un tipo de cara ajada, alto y delgado.

En una parcela abierta detrás de dos chabolas, junto a un almacén de material de construcción (en el poblado hay varias empresas legales instaladas), aparecen dos vehículos de alta gama sospechosos de robo. Uno con la placa manipulada y la cerradura forzada; el otro con un golpe tremendo en el frontal y el puente visible. Fausto pide identificación. «Proceden de Bilbao y Castro Urdiales (Cantabria). Ninguno tiene denuncia interpuesta», le contestan desde la central de Barajas. «Entonces no hay nada que hacer», admite ‘El jefe’.

Línea roja

La columna policial continúa a la Iglesia. Las fogatas de los quioscos se multiplican y los primeros vehículos foráneos entran en el poblado. «No te sorprendas pero aquí, una noche cualquiera de fin de semana, puedes llegar a ver Porsches Cayenne, BMWs de 60.000 euros o hasta un Maserati de un popular personaje de la tele», comenta el conductor del ‘Air Force One’.

Son los ‘consumidores jet’. Aquellos que prefieren jugarse el tipo cruzando la línea roja, la que divide la rotonda de la A-3 con la entrada al poblado. Van en busca de droga más pura y a precio de mercado: 50 euros el gramo de cocaína y cinco la micra o ‘papela’ de heroína. También se dejan ver los taxis de la droga, las populares ‘cundas’, vehículos destartalados que traen y llevan clientes desde el centro de Madrid a 15 euros el trayecto. Una práctica que el anteproyecto de Ley de Seguridad Ciudadana prevé sancionar con más de 1.000 euros.

Entrar en la zona de la Iglesia es penetrar en las entrañas de la Cañada Real. El lugar donde las casas no se venden, se ceden; los desperdicios y las casas derribadas por orden judicial inundan el paisaje; y donde los quioscos del Vareta, la María, el Manolo o el fumadero de la Antonia surten al personal. La decena de puntos abiertos pueden llegar a vender entre 15.000 y 20.000 euros diarios en droga.

Los ‘hombres de Fausto’ filian a los foráneos, inspeccionan los vehículos aparcados y patrullan la zona para imponer su presencia. La joven pareja del Mercedes reconoce que ha venido a drogarse; el electricista con el tajo en el maletero ya lo ha hecho; el motero funcionario, asustado, salió hace pocos minutos del fumadero; y el jubilado de 75 años, el mismo al que días antes pararon con 40 ‘papelas’ y juró no volver allí, se va con la advertencia de que no habrá otra vez. «Se lo prometo por mis hijos», solloza a los agentes.

«Este es el juego del palo y la zanahoria. Unas veces ganan ellos y otras nosotros. Si les quitamos la droga a los toxicómanos ellos nos dicen que van a ir a robar. ¿Qué merece más la pena? ¿Concentrar este submundo en la Cañada o desperdigarlo por todo Madrid? La respuesta ya la sabes», admite Fran, uno de los más veteranos de la unidad. El agente se quita el chaleco y lo apoya en un muro tatuado con letras grandes: ‘No me queda espacio para tanto vacío’, reza. Esto es la Cañada Real y sus muertos en vida.

Fuente: elcorreo.com

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